Ambos caminaban a la orilla del río, dejando que la brisa les despeinara el cabello mientras platicaban sobre el pasado. Recordaron anécdotas de la época en que aún estudiaban, se sumergieron en recuerdos de aquellas tardes largas y despreocupadas.
Sin embargo, cuanto más evocaba Ariel el pasado, más le pesaba el corazón. Pensar en lo mucho que Johana había dependido de él antes, lo llenaba de añoranza y de una insatisfacción difícil de explicar. Cada recuerdo le revolvía el deseo de volver a empezar con ella, de recuperar lo que alguna vez fue.
Así es la gente. Siempre nos aferramos a aquello en lo que sentimos que no dimos todo de nosotros.
...
Dos días después, Fermín regresó de su viaje de trabajo.
Apenas llegó, lo primero que hizo fue pasar por Johana a Avanzada Cibernética y llevársela a comer. Ya habían quedado en que la siguiente semana, el sábado, ella iría a su casa a cenar.
Después de comer, cuando Fermín la llevaba de regreso al hotel, Johana le pidió que la dejara mejor en Mansión Herrera.
Con las manos firmes en el volante, Fermín volteó a verla en cuanto escuchó su petición.
La mirada inquisitiva de Fermín hizo que Johana soltara una sonrisa.
—Ariel ya descubrió quién soy. Ya no tengo que andar escondiéndome ni ocultando nada —explicó Johana con calma.
Apenas terminó de decirlo, Fermín soltó:
—No pensé que todo saldría tan pronto a la luz.
Johana se encogió de hombros, tranquila:
—Era cuestión de tiempo.
Ambos sabían que, por mucho que quisieran postergar las cosas hasta que Johana se fuera de Río Plata, la vida no siempre se deja controlar.
Poco después, el carro se detuvo frente a la Mansión Herrera. La puerta de entrada no tenía seguro. Cuando Johana empujó la reja y pasó al patio, se sorprendió de ver todo tal cual lo recordaba.
Los árboles seguían en el mismo sitio, la parra de uvas intacta.
Todo estaba limpio, ordenado, como si alguien viviera ahí y se encargara de que nada cambiara. Incluso las puertas de cada habitación estaban abiertas, como si supieran que ella volvería y quisieran darle la bienvenida.
Fermín, de pie junto a Johana, contemplaba la mansión lleno de nostalgia.
Recorrieron el patio y la sala. Cuando Johana subió a la habitación del abuelo, no pudo evitar que se le humedecieran los ojos.
No había logrado cuidarse como debía, y por eso su abuelo y sus padres habían pasado tantas preocupaciones por ella.
Al salir de la habitación del abuelo, Johana subió al segundo piso y entró a su cuarto de la infancia. Al abrir la puerta, notó que hasta las sábanas y cobijas eran nuevas.
Si su intuición no le fallaba, era Marisela quien venía seguido a limpiar y mantener todo impecable.
Frente a su estantería, Johana se topó con su viejo diario. Se quedó mirándolo fijo, sin animarse a sacarlo de su sitio.
No le cabía duda: Ariel debía haber leído ese diario y enterarse de que, desde siempre, el único que había ocupado su corazón era él.
Por eso, pensó, Ariel había terminado con el cabello blanco.
Aunque, a veces, cuando uno deja pasar una oportunidad, simplemente ya no hay forma de volver atrás.
Ya pasaban de las diez cuando ambos salieron de la mansión. Fermín, de manera natural, tomó la mano de Johana.
—Señorita Johana, aquí me tienes —le dijo con calidez.
Ahora que Johana había vuelto abiertamente a la Mansión Herrera, Fermín le hablaba con ese respeto y cariño.

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