Al escuchar a Johana mencionar que había logrado un avance tecnológico, Hugo le sirvió una bebida caliente y le dijo:
—Haber dejado que te fueras de Río Plata fue lo correcto.
Johana tomó la bebida que Hugo le ofrecía y, después de darle las gracias con una sonrisa, sacó un documento de su bolso y se lo entregó.
—Analicé la situación tecnológica de las tres compañías. Si logramos unir fuerzas, compartiendo recursos y tecnología, el tiempo de investigación se reduciría a la mitad comparado con trabajar por separado.
—Si lo vemos desde el punto de vista de los beneficios, así todos ganamos más.
Hugo tomó el análisis de Johana y, mientras leía, no pudo evitar admirarse de su capacidad para deducir el nivel de desarrollo de Avanzada Cibernética con tan poca información. Levantó la vista y la miró con una mezcla de respeto y satisfacción. Johana nunca lo había decepcionado.
Tras revisar el informe, Hugo soltó con tono sincero:
—Me arrepiento de haberte dejado ir.
Johana soltó una risa ligera.
—Por eso vine a buscarlo, señor Hugo, para proponernos trabajar juntos.
—Si conseguimos asociarnos los tres, sería una situación en la que todos salimos ganando —afirmó Hugo—. Buscaré el momento de invitar a Ariel y lo platicamos juntos.
—Perfecto. En lo que respecta a la colaboración, me adapto a lo que ustedes decidan.
Johana era una persona sencilla. Siempre que tomaba un proyecto, se enfocaba en el área técnica y dejaba los demás asuntos en manos del personal especializado de la empresa. De este modo, podía dedicar toda su energía a la investigación.
Después de acordar los puntos de la colaboración con Hugo, Johana fue a buscar a Edmundo y Bruno. Juntos se dirigieron al laboratorio.
...
Mientras tanto, Delfín ya había llegado a la comisaría y conversaba con el responsable del caso.
En la oficina, mientras repasaba los documentos que le habían entregado, el semblante de Delfín se volvía cada vez más sombrío. Su mano derecha sujetaba con tanta fuerza las pruebas que los tendones de la mano parecían a punto de reventar.
De no estar en Río Plata, y mucho menos en la comisaría, probablemente ya habría sacado al sospechoso por la fuerza.
Delfín nunca había sido alguien fácil de tratar.
...
Eran las ocho de la noche cuando Johana, Edmundo y el resto del equipo salieron del laboratorio. En ese momento, su celular vibraba sin parar: Marisela la había llamado tantas veces que parecía que iba a romperle el teléfono. Además, le había mandado montones de mensajes, todos pidiéndole verse.
Johana no sabía si reír o resignarse ante tanta insistencia, pero, en el fondo, esa sensación le resultaba entrañable. Era como volver a la infancia, cuando Marisela y ella no podían separarse ni un minuto.
Sentada en el asiento trasero del carro, Johana revisó los mensajes y enseguida le devolvió la llamada:
—Marisela, perdóname, hoy en la tarde estuve en el laboratorio de Avanzada Cibernética y dejé el celular en la oficina.
Sin rodeos, Marisela fue directa al grano:
—Joha, ¿dónde estás? Quiero verte.
En ese instante, Marisela no podía esperar más.
Johana, al notar su urgencia, le respondió con voz suave:

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