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No Me Dejes, Aunque No Te Lo Mereces romance Capítulo 416

Fermín no negó lo que se decía, pero al abuelo se le fue oscureciendo el gesto poco a poco.

Se quedó pensativo un buen rato, el silencio llenando la sala. Finalmente, fijó los ojos en Fermín y, con toda la seriedad del mundo, soltó:

—Lo de Johana y tú, piénsalo bien antes de dar otro paso.

Sin dejar que Fermín abriera la boca, el abuelo añadió:

—El camino que te espera no es sencillo, cada decisión que tomes va a marcarte. No quiero que un error en temas del corazón te haga tropezar.

Desde niño, Fermín siempre había sido responsable y maduro. Jamás necesitó que nadie le llamara la atención ni mucho menos que le dieran consejos a la fuerza. Por eso, era la primera vez que el abuelo se atrevía a opinar sobre su vida, y no lo hacía a la ligera.

La desaprobación del abuelo no sorprendió a Fermín. Él se limitó a sonreír con calma.

—Abuelo, no es para tanto. La señorita Johana regresó con otra identidad, ya no es la esposa de Ariel ni tiene nada que ver con él.

Esa explicación no le cayó bien al abuelo; frunció el ceño y miró a Fermín con preocupación.

—Aunque haya cambiado de identidad, sigue siendo Johana, ¿o no? ¿De verdad crees que Ariel va a dejarla ir así como así? ¿Que va a permitir que ustedes estén juntos tan fácil?

Ariel, sin importar si sus sentimientos por Johana eran sinceros o no, había mantenido la imagen de esposo enamorado durante los últimos dos años, sin que nadie lo pusiera en duda. Incluso su cabello encanecido era prueba suficiente de esa devoción.

Por eso, Gerardo no quería ver a Fermín y Johana juntos. Temía que todo terminara en un escándalo capaz de afectar a todos, pero sobre todo a Fermín, cuya situación era mucho más especial.

Pese a las preocupaciones del abuelo, Fermín se mantuvo imperturbable.

—Sin importar qué identidad tenga Johana, ella no va a volver con Ariel. Y tampoco necesitamos su permiso para estar juntos.

Como no quería seguir discutiendo, Fermín zanjó el tema:

—Abuelo, tengo unos papeles pendientes. Voy a subir a mi cuarto a trabajar.

Y, antes de irse, aclaró:

—Créame, lo de la señorita Johana lo he pensado muy bien.

Pero el abuelo no se la creyó ni tantito, y le lanzó una frase cortante:

—Yo creo que en esto no has pensado nada.

Era raro escuchar regaños así de parte del abuelo, pero esta vez sí lo sentía necesario; le preocupaba que Fermín estuviera actuando sin cabeza.

Con las cejas todavía arrugadas y el aire de oposición, Gerardo se quedó mirando a Fermín, quien tampoco respondió de inmediato.

Al notar el silencio, el abuelo se calmó un poco y dijo:

—Bueno, dale otra pensada.

Fermín no respondió nada más y subió las escaleras.

A pesar de todo, ese momento sí dejó huella en su ánimo. No era por él, sino por Johana. Temía que esa situación pudiera lastimarla o que no la respetaran como merece.

Aunque el abuelo le hizo saber su posición, Fermín habló con la señora Cortés y le pidió que invitara a Johana a cenar en casa, como siempre. La señora aceptó encantada, sin tantas vueltas como el abuelo.

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