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No Me Dejes, Aunque No Te Lo Mereces romance Capítulo 432

Johana giró el rostro con calma y miró a Ariel, quien se agachó despreocupado, imitando su gesto de apoyar el brazo en la baranda de hierro. Con la otra mano, Ariel le ofrecía una botella de agua.

Johana lo observó sin moverse. Desde que se tiñó el pelo de nuevo, Ariel seguía igual de atractivo, igual de llamativo que antes. Sin embargo, ahora irradiaba una melancolía que antes no tenía.

Después de mirarlo durante un rato, Johana esbozó una sonrisa tranquila y le preguntó:

—¿Viniste a ver cómo me caigo?

La forma en que Ariel apareció justo a tiempo y preguntó por su estado de ánimo dejaba claro que estaba al tanto de la visita de Gerardo momentos antes.

Era probable que, después del accidente de carro, Ariel hubiera puesto a alguien a vigilarla discretamente.

Por eso, Johana no anduvo con rodeos y fue directa al grano, dejando claro que sabía bien a lo que él venía.

Al escucharla, Ariel no pudo evitar sonreír también.

En ese instante, Johana aceptó sin reparos la botella de agua que él le ofrecía.

Destapó la botella y bebió un trago, mientras Ariel, girando el rostro hacia ella, comentó:

—No pienses que soy tan resentido.

Johana no respondió; simplemente sostuvo la botella y mantuvo la mirada fija en el otro lado del río.

El silencio de Johana no incomodó a Ariel. Sostenía la botella con la mano izquierda, apoyando el brazo en la reja como si nada, mientras con la derecha le acariciaba la nuca a Johana.

—No es para tanto. No te lo tomes tan a pecho —murmuró Ariel, tratando de consolarla.

Por un momento, fue como si ambos hubieran regresado a los días de escuela, cuando Ariel siempre la protegía sin importar lo que pasara.

Pero Johana levantó la mano derecha con calma y apartó la mano de Ariel de su cuello. Sin alterarse, replicó:

—Ya, no te pongas a hacer leña del árbol caído. Al final, la vida siempre te obliga a empezar de nuevo.

Esta vez, entre Johana y Ariel no quedaba ni rastro de la frialdad o la distancia de antes. Parecía que, después de todo, ambos habían aprendido a dejar ir muchas cosas.

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