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No me Llames Señora Cáceres, Llámame Hera romance Capítulo 27

La anciana le tomó la mano con cariño:

—Meli, ven a verlo, ¿a poco no es un amor de niño? Es compañerito de escuela de Mía, se llama Andresito. No sé quiénes serán sus papás, pero con esa carita de ángel, seguro que ambos son muy bien parecidos.

La tomó del brazo y la empujó suavemente hacia él:

—Anda, acarícialo un poquito para que se te pegue la buena suerte. Quién quita y así encargas rápido un bebé igual de hermoso.

Melissa se quedó rígida. Esbozó una sonrisa forzada y, en lugar de acercarse a tocarlo, desvió la conversación:

—Abuela, voy a subir a cambiarme de ropa primero.

—Está bien, ve con cuidado. —La anciana estaba tan embelesada con el pequeño que no notó la extraña actitud de Melissa.

Subió las escaleras sintiendo un alivio inmenso.

La recámara estaba vacía. Ella y Esteban casi nunca se quedaban a dormir allí, especialmente al principio de su matrimonio, cuando la abuela apenas y se metía en su relación.

Pero más adelante, al ver que no lograban tener hijos, la anciana se puso impaciente. Empezó a llamarlos con mayor frecuencia e incluso les preparaba caldos nutritivos para fomentar la fertilidad.

Cada vez que tomaban esos caldos, el deseo de Esteban hacia ella en la cama se encendía.

Sin embargo, a pesar de todo, él jamás olvidaba usar protección.

Ella le había expresado infinidad de veces que quería un bebé, pero él nunca le dio importancia a sus sentimientos.

Ahora que lo pensaba, era lo mejor que le pudo haber pasado. Si hubieran tenido un hijo, divorciarse habría sido mucho más complicado.

Pasó de largo frente a la inmensa cama y entró al clóset para cambiarse.

Estaba a medio quitarse la ropa cuando escuchó un crujido. Al voltear, vio al hombre quitándose la chaqueta del traje con desgano, con la camisa algo desabrochada y aflojándose la corbata, caminando hacia el clóset. Al verla, se detuvo en seco, y su mirada se posó sobre ella con una profundidad abrumadora.

Melissa, que ya se había desvestido bastante, se dio la vuelta rápidamente.

Escuchó la voz fría y grave del hombre a sus espaldas:

—Así que invertiste en el proyecto de Hugo.

—¿Me andas investigando? —respondió ella con el mismo tono helado—. De todos modos, ya nos vamos a divorciar, no tengo por qué rendirte cuentas de mis asuntos.

No hubo respuesta detrás de ella.

Al girarse para mirar, él ya se había ido, dejando únicamente su corbata tirada en el suelo.

Ella tomó un suéter holgado de punto y se lo puso.

Al salir del clóset, vio a Esteban frente al enorme ventanal hablando por celular. Tenía la mirada baja y su expresión, aunque distante, dejaba entrever un atisbo de ternura:

—Sí, ya lo sé, no te preocupes, yo cuidaré bien de él.

Seguramente estaba poniéndose de acuerdo con Leticia sobre el niño.

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