Mía se acercó y le habló a la madre de Andrés por teléfono:
—¡Señora, deje que Andrés se quede un rato más a jugar!
—No creo que sea conveniente —respondió Leticia, rechazando la oferta amablemente.
La anciana asumió que hablaba con una mujer de buena familia; después de todo, a sus ojos, alguien capaz de criar a un niño tan lindo y educado como Andrés debía ser una persona de gran calidad humana.
Por eso, intervino con un tono afectuoso:
—A los niños les encanta jugar juntos, déjelos un ratito más. Mañana yo le pido al chofer que se lo lleve a su casa.
Hubo una breve pausa al otro lado de la línea antes de que respondiera:
—En ese caso, yo misma pasaré a recogerlo mañana temprano.
—Me parece perfecto.
Justo al colgar el teléfono, Esteban bajó las escaleras.
Se había despojado de su estricto traje y ahora vestía ropa casual de algodón. La ropa holgada resaltaba aún más su figura alta y elegante. Llevaba las mangas recogidas de manera informal hasta los codos, mostrando unos brazos firmes y marcados, reflejo de su implacable disciplina de siempre.
En cuanto Andrés lo vio, corrió directo hacia él y lo tomó de la mano:
—Papá.
Todos en la sala, con excepción de Melissa, se quedaron de una pieza.
Mía, a pesar de que le tenía pavor a Esteban, se armó de valentía por el bien de su amiguito, se acercó a él y le jaló del bracito:
—Oye, no puedes andar diciéndole así a cualquiera.
Luego, abrió sus enormes y llorosos ojos para mirar a Esteban:
—Señor Cáceres, por favor no se enoje. Es que Andresito solo tiene a su mami, yo creo que extraña mucho a su papá.
Al escuchar que el pequeño no tenía padre, el corazón de la abuela se ablandó todavía más:
—Ay, Esteban, déjalo que te llame así, no se te va a caer ningún pedazo por eso.
La anciana tomó la mano de Melissa, se acercó y bromeó con el niño:
—Pero te advierto, si a él le dices papá, entonces ella será tu mamá. ¿Estás dispuesto a cambiar de mamá?
Lo dijo sin malicia, pues a los abuelos siempre les divierte bromear con los niños.

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