Vanessa siempre mantenía un perfil bajo, al punto de que nadie sabía cómo era físicamente. Incluso corrían rumores de que era tan fea que por eso no podía retener a su marido y Rodrigo se pasaba el año entero en el extranjero.
El hombre, dando por hecho que Melissa era Vanessa, se deshizo en disculpas.
—Señora Zúñiga, perdóneme, no tenía ni idea, le pido mil disculpas —dijo y, reuniendo el poco valor que le quedaba, se dio dos fuertes bofetadas a sí mismo y cayó de rodillas—. Lo siento muchísimo, la malinterpreté por completo. Fue mi culpa.
La expresión sombría de Rodrigo cambió de golpe, dibujando una sonrisa arrogante.
—¿Qué señora Zúñiga? Esta mujer es mi cuñada. Con lo inútiles que son tus ojos, deberías donarlos a alguien que los necesite.
El hombre, mudo del pánico, no pudo articular palabra. Fue la mujer quien habló con la voz temblorosa.
—Lo sentimos, fue un malentendido nuestro.
Su cerebro estaba paralizado de miedo. La familia Zúñiga no era alguien con quien una familia de medio pelo como la suya pudiera meterse. Si no lograba que el asunto quedara ahí, su negocio familiar se iría a la ruina, y eso sí sería su perdición.
Rodrigo, con una mano en el bolsillo, soltó una carcajada.
—Era una broma, ¿por qué tiemblan? Agarra a tu mocoso ilegítimo, retíralo de la escuela y lárguense. ¿Fui claro?
—Sí, sí, lo entiendo. Nos vamos ahora mismo. Le garantizo que no volveremos a molestar a su niña.
Agarraron a su hijo y huyeron del lugar con el rabo entre las piernas, aterrorizados de que el temperamento volátil de Rodrigo cambiara y decidiera ajustar cuentas con ellos.
La maestra, actuando rápido, despejó la zona y pidió a los padres que se dispersaran para dar inicio a los juegos.
Melissa miró a Rodrigo sin saber qué decir. A pesar de todo, acababa de sacarla de un apuro tremendo.
—Gracias por la ayuda —le dijo simplemente.
Rodrigo posó sus ojos en ella y una sonrisa pícara asomó a sus labios.
—¿De verdad me quieres agradecer? ¿Qué tal si me das un beso?
Melissa se quedó de una pieza, con la mente en blanco.
Antes de que pudiera asimilar el atrevimiento, la mano del hombre se alzó, buscando acariciarle la mejilla.
Pero otra mano la interceptó con fuerza por la muñeca, inmovilizándola por completo.
Esteban lo miraba con frialdad.
—¿Cuándo regresaste? ¿No decías que volvías en dos días?
Rodrigo desvió la mirada con tranquilidad, soltó una risilla, y con un tirón liberó su mano para meterla de nuevo al bolsillo, contestando con soltura:
—Vine especialmente para la actividad escolar de mi hija.
Dicho esto, por fin le echó un vistazo a su propia sangre. Abrió la boca para hablar, pero se detuvo un instante y dijo, con tono de burla:
—A ver, princesita, ¿cómo te llamabas?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No me Llames Señora Cáceres, Llámame Hera