Después de la advertencia de Leticia Suárez, él por fin apartó la mirada y tomó la mano de Andrés.
El rostro de Leticia se tensó. Normalmente, se dejaba que la mujer colocara su mano en el medio para entrelazarlas, pero supuso que Esteban Cáceres no entendía ese tipo de sutilezas.
Ella apoyó su mano sobre la de él. Como los nudillos del hombre eran grandes, solo pudo posarla encima, sin lograr aferrarse bien.
Todo transcurría con aparente normalidad cuando, de repente, la voz magnética de Rodrigo Zúñiga resonó muy cerca.
—Cuñadita, qué manos tan suaves tienes.
Casi al instante, Andrés frunció el ceño.
—Me lastimas.
Esteban aflojó el agarre de inmediato.
—Lo siento.
Leticia apretó los labios y miró a Esteban.
—Mejor yo le doy la mano a Andrés. Tienes demasiada fuerza.
La voz del hombre sonó fría y grave.
—No es necesario.
Las muñecas de Melissa Tejada estaban tensas. El pecho del hombre a sus espaldas casi se pegaba a ella.
Aunque la actividad escolar exigía esa postura y los demás padres estaban acomodados igual, ella y Rodrigo Zúñiga no tenían esa clase de confianza.
Guió rápidamente la mano de Mía para terminar el dibujo, la soltó de golpe y dio un paso atrás para apartarse.
Rodrigo giró la muñeca con pereza, y su voz arrastró un tono de burla.
—Cuñadita, qué rápida eres. ¿Te cansaste?
Melissa frunció el ceño al captar la doble intención en sus palabras.
Solo pudo pensar en lo lamentable que era para la pequeña Mía tener a un padre como él.
Pero Mía no entendía nada de eso. Al oír que hablaban de cansancio, tomó las manos de Melissa para darle un masajito.
—¡Señora Meli, le doy un masaje para que no se canse! Es usted increíble, fuimos los primeros en terminar.
La maestra se acercó e intervino.
—Los que ya terminaron pueden firmar con el nombre de su familia en una esquina. Luego enmarcaremos los dibujos para que se los lleven de recuerdo.
A Mía le brillaron los ojos. De inmediato, con trazos muy cuidadosos, escribió su propio nombre.
Melissa sostuvo el bolígrafo, dudó un segundo y, tras pensarlo, anotó el nombre de Vanessa Quintero.
Rodrigo trazó su firma con descuido pero con letras enormes, ocupando un gran espacio. Al ver el nombre de Vanessa, dejó escapar una risita sarcástica.
Mía, en cambio, sostuvo el dibujo entre sus manos, mirando fijamente los tres nombres en la esquina con los ojitos algo llorosos.

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