Al ver que Melissa tomaba a la niña en brazos dispuesta a irse, Esteban se acercó y le bloqueó el paso ligeramente.
—Tenemos que hablar.
Pero Melissa lo miró con la misma frialdad que le dedicaría a un extraño.
—Señor Cáceres, mejor quédese a acompañar a su hijo. No quisiera ganarme la mala fama de andar seduciéndolo.
Los padres que habían presenciado el alboroto anterior ya estaban volteando a mirar en su dirección.
Si Esteban se iba con Melissa en ese momento, los que quedarían en ridículo serían Leticia y Andrés.
Ella sostuvo su mirada con absoluta calma.
Tras un momento de silencio, Esteban bajó la vista.
—Vete.
A Melissa no le sorprendió su decisión en lo absoluto. Siempre que se tratara de Leticia y Andrés, él jamás elegiría a nadie más.
Sonrió con amargura para sus adentros. Si las cosas iban a ser así, ¿para qué se había casado con ella en primer lugar?
Se marchó con Mía, y Rodrigo las siguió de cerca.
Poco después, cuando los tres apenas llegaban a la zona de estacionamiento de la escuela, ella vio salir a Esteban. Detrás de él, a unos pasos de distancia, venían Leticia y Andrés.
Melissa se detuvo un instante, apartó la mirada y abrió la puerta de su auto para subir.
Rodrigo, por su parte, abrió la puerta del copiloto, palmeó su propio muslo y miró a Mía.
—Ven, siéntate en mis piernas.
Mía apretó los puñitos. Por un lado quería, pero por el otro se resistía. Acababa de llamarla torpe y ni siquiera le había comprado nada para contentarla. Aún no quería perdonarlo.
Melissa fulminó a Rodrigo con la mirada.
—No te invité a subir a mi auto. ¿Acaso no trajiste el tuyo?
No era difícil notar que el auto más lujoso y llamativo de todo el estacionamiento era precisamente el de Rodrigo.
Él la ignoró. Se palpó los bolsillos buscando algo para distraer a la niña.
Pero lo único que sacó fue un encendedor, una cajetilla de cigarros y una pieza de ropa interior de encaje que alguna mujer le habría deslizado en el bolsillo.
La sostuvo en el aire a propósito, echó un vistazo a Esteban a lo lejos y le preguntó a Melissa con una sonrisa lasciva:
—¿Qué cara pondría Esteban si te pusieras esto? ¿Crees que se volvería loco por ti?
Un escalofrío de asco le recorrió el cuerpo a Melissa.
—Puedes ponértela tú a ver qué pasa.

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