—Muy bien —dijo la abuela, colgando la llamada y volteando a ver a Melissa—. ¿Ves? Aún se preocupa por ti. Si tienen problemas, deben sentarse a platicarlo.
Melissa bajó la mirada, incapaz de decir una palabra.
Fueron directamente a la clínica.
El abuelo yacía inmóvil en la cama del hospital. Su rostro estaba pálido y cenizo, sus labios resecos y descoloridos. Los párpados le colgaban pesadamente sobre los ojos rodeados de finas arrugas, y su respiración era tan superficial que apenas se percibía el movimiento de su pecho. Solo el leve soplo de aire en su nariz confirmaba que seguía con vida.
Al entrar a la habitación, bastó una sola mirada para que la abuela rompiera en llanto. Sus piernas flaquearon y se desplomó sobre el borde de la cama.
Melissa corrió a sostenerla.
—Abuela, tranquila. El doctor dijo que todavía hay probabilidades de que el abuelo se recupere.
Aunque ese porcentaje era estadísticamente insignificante, siempre era mejor aferrarse a algo.
La anciana negó con la cabeza, con los ojos inyectados en sangre.
—¿Cómo llegamos a esto? Yo caí enferma, y ahora mi viejo también. ¡Qué desgracia! Olvidar por completo a quienes le dieron la vida... ¡Todo esto es culpa suya!
Al recordar lo sucedido aquel día, el pecho de Melissa ardió de indignación.
—Abuela, ya presenté la denuncia formal. Todo está en manos de la justicia.
—Tu abuelo y yo siempre tratamos a nuestros tres hijos por igual, pero para él, fuimos injustos. Si mi hijo terminó convirtiéndose en esto, es porque fracasé educándolo.
Melissa la abrazó con fuerza.
—Abuela, tú lo hiciste de maravilla. No es tu culpa.
La anciana se secó las lágrimas.
—¿Tú te has estado haciendo cargo de todo sola? ¿Ya le avisaste a tu tía?
—Mi tía está muy ocupada en el trabajo, así que no le he dicho nada —mintió Melissa. No tuvo el valor de decirle que su tía le había colgado las llamadas en repetidas ocasiones.
—Eso no está bien. No puedes cargar con todo esto sola. No lo permitiré —dijo la abuela, preparándose para hacer la llamada.
Melissa pensó que, efectivamente, su tía tenía derecho a saberlo, así que no se opuso.
Sin embargo, la llamada timbró sin respuesta.
—Debe estar trabajando. Seguro tiene el celular en silencio —justificó Melissa.
La anciana suspiró con pesadez.
—Has hecho tanto, Meli. Le marcaré más tarde.
Ambas se sentaron en la habitación para velar al abuelo. Al cabo de un rato, la abuela preguntó:
—¿Por qué no ha llegado Esteban? Llámale para ver por dónde viene.

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