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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 1087

Afuera de la mansión.

Ulises miró su reloj.

Llevaban esperando veinte minutos de pie.

—Don Joaquín, ¿por qué no mejor esperamos en el auto?

Joaquín Cortés agitó la mano restándole importancia.

—No pasa nada. Estos viejos huesos míos no son tan frágiles.

Ulises frunció el ceño: —Arturo Zamora nos está dejando afuera a propósito para marcarnos el territorio.

A Joaquín no pareció importarle.

—Arturo es el tipo de hombre que prefiere traicionar al mundo entero antes de que alguien lo traicione a él. El coraje que trae atorado lo va a desahogar de un modo u otro, si no, no sería Arturo Zamora.

Hacerlos esperar en la calle por media hora era apenas el inicio.

Una hora después, las puertas de la mansión Zamora finalmente se abrieron.

El sirviente salió nuevamente para dar el aviso.

—El señor dice que pasen.

No dijo «los invita a pasar».

Sino «dice que pasen».

Ulises bufó para sus adentros.

Arturo Zamora se creía demasiado importante.

Joaquín entró sin inmutarse.

Ulises caminaba muy de cerca, pegado a él.

Esa era una costumbre forjada a lo largo de décadas.

Siempre que el entorno pudiera ser hostil para Joaquín, Ulises se convertía en su sombra para protegerlo.

Aunque Ulises ya era mayor, sus habilidades de combate seguían intactas.

Mientras él tuviera aliento, nadie lastimaría a su patrón.

Joaquín llegó hasta donde estaba Arturo.

Este último ni siquiera se despegó del sillón, con los ojos cerrados, fingiendo descansar.

Joaquín sonrió.

—Arturo, vengo a ofrecerte mis disculpas.

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