Recordaba muy bien que ese día iba a cenar en casa de sus padrinos.
Era el cumpleaños de Sabina Prieto.
Nanette ya tenía listo el regalo, pero quería comprar flores y un pastel para llevar.
Después de asearse, Nanette salió de la habitación. Melba ya había preparado un desayuno espectacular. Con un apetito excelente, Nanette comió con ganas.
Melba la observaba encantada.
—Señorita, si sigue comiendo así, el bebé va a nacer fuerte y sanito; va a estar precioso.
Nanette se acarició el vientre.
—Yo prefiero que sea niña.
—¡Si es niña, mejor aún! —exclamó Melba—. Si se parece a usted, será una preciosidad. ¡Todos la van a adorar!
Nanette no pudo evitar pensar en el padre biológico del bebé. Fuera a quien fuera que se pareciera, seguramente sería guapo.
—Melba, prepárame un poco de desayuno para llevar, por favor.
—¿Es para el guardaespaldas que le mandó Noel?
—Así es.
—Señorita, no es por nada, pero Noel la trata de maravilla. Si en su momento se hubiera casado con él en lugar de Galileo, ahora sería muy feliz.
La mano de Nanette, que sostenía los cubiertos, se detuvo un instante.
«Los "hubiera" no existen...» pensó.
—Sabe, señorita —continuó Melba en tono de broma—, no sé por qué, pero cada vez que los veo juntos al señor Noel y a usted, más me parece que hacen una pareja perfecta.
El tono de Nanette se volvió un poco más serio.
—Melba, no vuelva a decir ese tipo de cosas. El señor Noel tiene prometida.
—Bueno, aquí no hay nadie más, lo decía por comentar. Es solo que siento que usted merece algo mejor; es una lástima.
Nanette se bebió el último sorbo de leche y sonrió con dulzura.
—No es una lástima. Ahora vivo muy bien, mejor que nunca. Hago lo que me gusta todos los días y ya no tengo que rebajarme ante nadie ni rogar cariño. Es perfecto.
—Sube, usaré el GPS de mi teléfono —respondió ella.
—El señor Noel dijo que de ahora en adelante seré tanto su guardaespaldas como su chofer.
Nanette iba a objetar, pero al final no lo hizo.
—De acuerdo, conduce tú.
El coche avanzaba suavemente, reinando un silencio absoluto en su interior. Como Nanette estaba de muy buen humor, decidió romper el hielo.
—¿Por qué no lo llamas señor Cortés, sino "señor Noel"? ¿Llevas muchos años trabajando con él, como Isaac?
Hugo iba sentado con la espalda recta, la mirada fija al frente.
—El asistente Isaac es quien más tiempo lleva con el señor Noel. Yo apenas llevo cuatro años. El señor Noel me salvó la vida. Para los demás será el señor Cortés, pero para nosotros siempre será nuestro señor, para toda la vida.
Nanette se sorprendió. ¡Era prácticamente un clon de Isaac!
Intrigada, preguntó:
—¿A qué te refieres con que te salvó la vida?

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