—Abuela —dijo Galileo, con la paciencia ya reventada.
—La gala benéfica se transmite en vivo. Delante de tanta gente, si no le doy el collar a mi esposa, ¿a quién se lo voy a dar?
Anatolia se quedó pasmada por un momento.
—Galileo, ¿qué actitud es esa?
—Ninguna en especial —respondió él, sin ganas de seguir discutiendo—. Estoy cansado, me voy a mi habitación.
Galileo se dio la vuelta y se marchó.
Anatolia lo vio irse sin voltear y el coraje le subió como lumbre.
De repente, Ivón se dio cuenta de algo.
—Mamá, ¿no sientes que la actitud de Galileo hacia esa mujer ha cambiado?
—No estoy ciega —resopló Anatolia—, lo noté desde hace rato.
—¿No será que se está enamorando de ella? —preguntó Ivón.
Anatolia frunció el ceño. Todavía no podía estar segura de si Galileo realmente sentía algo por Nanette. Si así fuera, las cosas se pondrían feas.
—Mamá, ¿y si voy a preguntarle directamente a Galileo?
—¿Crees que te dirá la verdad si le preguntas? ¿Acaso no te has dado cuenta de que tu hijo ya no está de nuestro lado?
A Ivón se le encogió el pecho.
—¡Mamá, qué cosas dices! ¿Cómo no va a estar de nuestro lado? Incluso si no lo está conmigo que soy su madre, seguro que sí lo estará contigo, su abuela.
La mirada de Anatolia se volvió afilada.
—Me preocupa que alguien lo esté envenenando contra nosotros, metiendo cizaña para romper a la familia.
Ivón entendió de inmediato.
—¡Mamá, te refieres a Nanette!
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó