Anatolia observaba la escena, con una mirada cargada de un odio helado.
Ivón quiso acercarse para ayudar a Yolanda, pero ella la detuvo.
¡Tarde o temprano, le haría pagar a esa mujer por lo de hoy!
Yolanda terminó doblegada, pero no estaba dispuesta a tragarse el orgullo hasta el fondo.
Había dado un paso al frente a propósito para decir esas palabras, con el único objetivo de que toda la familia Godoy viera lo razonable y dulce que era en comparación con Nanette.
Y, en contraste, lo arrogante y despótica que resultaba Nanette.
Así lograría que la odiaran aún más.
Esa mujer se había atrevido a arrebatarle el collar que Galileo planeaba regalarle. ¡Era una maldita!
Pero Yolanda jamás imaginó que Nanette la obligaría a arrodillarse. Era una humillación tremenda.
Sin embargo, con tal de salirse con la suya, Yolanda estaba dispuesta a todo. El único problema era esa parte de agachar la cabeza...
Nanette apenas le echó una mirada, con una sonrisa chueca que no se molestó en disimular. Quería ver hasta dónde era capaz de llevar Yolanda su teatrito.
—¿Qué esperas? —dijo Nanette—. Ya llevas la mitad del show, ¿no sería una lástima dejarlo a medias?
Yolanda apretó los puños hasta que le dolieron y el cuerpo se le fue aflojando del coraje. Una lágrima cayó al suelo.
Esa lágrima fue el detonante que puso definitivamente a Anatolia y a Ivón en contra de Nanette.
Ambas miraban a Yolanda con lástima. Pero también sabían que, si la chica no pedía perdón, el asunto no terminaría ahí.
Así que tuvieron que tragarse la compasión.
Yolanda levantó la vista y miró a Galileo con los ojos llenos de lágrimas.
Esa mirada fue la gota que derramó el vaso, y a Galileo se le zafó la paciencia. De un tirón, levantó a Yolanda del suelo y fulminó a Nanette con la mirada.
—¡Ya basta, Nanette! ¡No me provoques!



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