Joaquín no hizo ningún gesto para detenerlo y tomó un lento sorbo de su té.
—No necesitas hacer tanto teatro, di lo que tengas que decir.
Dante le lanzó una mirada furtiva a Nanette.
Nanette entendió la indirecta.
Quería que se fuera.
A los ojos de Dante, ella aún no era verdaderamente parte de la familia Cortés.
—Habla ya. ¡¿Qué tanto miras a Nanette?! Esta es su casa y ella puede estar donde le plazca —espetó Joaquín.
Frente a Joaquín, a Dante ya no le importaba su orgullo.
—Tío, vengo a pedir tu aprobación.
Joaquín lo fulminó con la mirada.
—¿Quieres casarte con Jovita?
—Ella ya está esperando mi hijo.
—Perfecto, no hay ningún problema.
Dante se quedó pasmado.
—¿Lo apruebas?
Joaquín lo miró con desdén.
—A lo mucho, yo solo soy tu tío, no tu padre. Si tu padre está de acuerdo, adelante, no necesitas preguntarme a mí.
Al escuchar eso, Dante sintió un escalofrío.
—Tío, tú lo sabes bien. Antes me moría por ella y ahora que por fin accedió a casarse conmigo, te ruego que nos des tu bendición.
—Dante.
Joaquín se inclinó ligeramente y lo obligó a ponerse de pie.
—A mí no me importa con quién te cases, haz lo que mejor te parezca.
—Pero...
El corazón de Dante dio un vuelco.
—¿Pero qué?
Joaquín endureció el semblante.
—En la descendencia de nuestro clan Cortés, no toleraremos sangre impura.
Dante se asustó tanto que apenas podía hablar.
—¿A qué... a qué te refieres con eso?
—Ya lo entenderás en un par de días.

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