—Ya las enviaron y el laboratorio ya las recibió —respondió Silvio.
—¿Son de confianza?
—Tienen un nivel de confidencialidad altísimo; nadie de afuera podría rastrearlo.
—¿Cuánto tardan?
—De cinco a siete días.
Galileo se llevó el cigarro encendido a los labios, le dio una calada profunda y apoyó el brazo por la ventanilla.
—La señora Yolanda no se dio cuenta, ¿verdad?
—No.
Después de eso, el silencio volvió a apoderarse del coche.
Silvio amagó con hablar varias veces, hasta que por fin se armó de valor.
—Señor Godoy, tal vez Nanette sigue resentida por lo suyo con la señora Yolanda y por eso anda diciendo tantas tonterías. Yo estoy seguro de que Mateo es hijo suyo.
—Por supuesto que sé que Mateo es mío.
Silvio ya no entendía nada.
—Entonces, ¿para qué hacerle la prueba de ADN?
—Solo restregándole los resultados en la cara va a dejar de estar chingando.
Silvio creyó entender por dónde iba la cosa.
—¿O sea que quiere taparle la boca a Nanette para que ya no busque pretextos y deje en paz a la señora Yolanda?
Galileo soltó un suspiro de fastidio.
—Últimamente anda muy alborotada...
A Silvio le pareció el colmo.
—De verdad que Nanette se pasa. ¿Cuánto tiempo tiene ya lo de usted y la señora Yolanda? ¿Por qué sigue aferrada a eso? Nanette cada vez se porta más inmadura.
La mirada de Galileo se congeló al instante.
—¿Desde cuándo te toca a ti andar juzgando a Nanette?
Silvio se quedó helado.
Algo no cuadraba. En el pasado, incluso cuando él hablaba mal de Nanette, a Galileo le parecía que tenía toda la razón.
¿Por qué esta vez se lo había tomado tan a mal?
Satisfecho, Galileo le dio unos buenos billetes de propina al mesero.
El tipo sonrió de oreja a oreja.
Dentro de la sala privada no había estruendo ni luces agresivas; se sentía un silencio caro, cómodo.
Irene, envuelta en un vestido largo y sumamente elegante, estaba sentada en el sofá esperándolo, con una postura impecable.
En cuanto Galileo cruzó la puerta, ella se levantó a recibirlo.
Le quitó el saco y le ofreció una copa de vino tinto ya servida.
—¿A qué se debe la visita sorpresa? Ni me avisaste, no me dio tiempo de arreglarme.
Galileo se dejó caer en el sofá, agitando la copa con sus dedos largos, con una expresión fría e indiferente.
—¿Arreglarte para qué? Así estás bien. Ya sabes que me choca el maquillaje cargado y el perfume empalagoso.
Irene le regaló una sonrisa radiante.
—Por lo que veo, vienes de muy mal humor.
Se acercó un poco y le empezó a masajear los hombros, despacio.

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