Anatolia estaba sentada en el despacho, derecha como una tabla.
—¿Por qué llegas tan tarde?
Galileo se aguantó la molestia.
—Había tráfico en el camino.
Anatolia enarcó una ceja.
—Seguro fuiste a ver a esa mujer.
Hasta ese momento Galileo se dio cuenta de algo.
En su casa, a su esposa siempre la mencionaban como “esa mujer”.
—No pensé que ese departamento le serviría de refugio —continuó Anatolia—. Qué suerte tuvo.
—Abuela —la cortó Galileo, harto de escuchar lo mismo de siempre—. ¿Para qué me llamaste?
—Galileo, me gustaría saber si todavía tengo algo de autoridad en esta casa.
Galileo ya se imaginaba por dónde iba el asunto.
—Abuela, ve al grano.
Anatolia no se anduvo con rodeos.
—Quiero que te divorcies de esa mujer de una vez.
—¿Y luego me case con Yolanda?
—Exacto.
Galileo, sin inmutarse, jaló una silla, se sentó, encendió un cigarro y, después de darle dos caladas, por fin habló.
—Yo acepté que Yolanda tuviera un hijo de la familia Godoy, pero nunca acepté casarme con ella.
—¿Pues no que Yolanda siempre te había gustado?
A Galileo se le subió el resentimiento como una quemadura.
—¿Y no fuiste tú la que me obligó a dejarle el camino libre a Martino?
Anatolia claramente no esperaba ese golpe y se quedó pasmada un segundo.
—¡Pero si después yo misma intenté juntarte con ella!
Galileo soltó una risa seca por lo bajo y se quedó callado.
Había cosas que, si se decían en voz alta, romperían la relación para siempre.
—¿Y no te da miedo que ande ventilando los trapos sucios de la familia Godoy?
—Eso ya dependerá de cómo la manejes —argumentó Anatolia—. Ya lo pensé bien: lo único que quiere es lana. Mientras le den la cantidad y quede contenta, que firme un acuerdo de confidencialidad y listo.
Al escuchar la palabra dinero, Galileo rozó su celular con los dedos.
»Ja, si él no estuviera muerto, de seguro ni notarías que existo.
Al ver su herida abierta de par en par, Anatolia se levantó temblando de furia, se acercó a él y le acomodó una tremenda cachetada.
—¡Infeliz! ¡Cómo te atreves a hablarme así!
El golpe le devolvió un poco la cordura a Galileo.
Pero ya no iba a rebajarse a pedir perdón.
¡Ni siquiera quería hacerlo!
¡Pum!
La puerta se cerró de un portazo.
Galileo salió hecho la madre.
De vuelta en el carro.
Su asistente, Silvio, al verle la cara, quiso preguntarle si estaba bien, pero no se atrevió a abrir la boca. Por el espejo retrovisor vio cómo Galileo se recargaba en el asiento trasero y cerraba los ojos lentamente.
El silencio inundó el interior del auto por un buen rato.
De repente, el hombre en el asiento trasero abrió los ojos.
—¿Ya enviaron las muestras de sangre?

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