Nanette lo pensó un buen rato.
—¿Tiene fecha de caducidad?
—Ninguna.
—Trato hecho. Te lo diré cuando se me ocurra algo, ¿te parece?
—Perfecto.
Noel miró el reloj.
—Ya es tarde. Ve a dormir temprano y no te desveles trabajando.
—Por cierto, mañana en la mañana me gustaría pedir medio día libre.
—De acuerdo.
Nanette sonrió. —¿Siempre eres un jefe tan complaciente? ¿Ni siquiera vas a preguntar por qué?
La respuesta de Noel fue absolutamente seria:
—Conmigo, tienes total libertad.
El ambiente se cargó de una tensión sutilmente romántica.
Noel se aclaró la garganta, sintiéndose expuesto.
—Quiero decir... la empresa no se mete en la vida privada de sus empleados. Si tienes un asunto personal, puedes tomarte el tiempo que necesites.
Nanette soltó una risita.
—Voy a hacerme un chequeo de rutina por el embarazo.
Como había tenido un ligero sangrado hace unas semanas, el médico le indicó que volviera para una revisión general. Ya era el momento.
Noel guardó silencio un par de segundos.
—Avísame cómo salen los resultados.
—Lo haré. Descansa tú también, buenas noches.
Apenas colgó, su teléfono volvió a sonar. Era Eloísa.
Sin ganas de lidiar con ella, rechazó la llamada.
Pero Eloísa insistió una, dos, tres veces seguidas.
Estuvo a punto de apagar el celular, pero se detuvo.
Desde la muerte de su padre, Guillermo Larco, le aterraba tener el teléfono apagado. Siempre existía el miedo a que hubiera una emergencia y nadie pudiera localizarla.
Nanette suspiró, aceptó la llamada y puso el altavoz.
Los gritos furiosos de Eloísa estallaron en la habitación.
—¡Nanette Larco! ¡¿Qué tienes en la cabeza?! ¡Tu hermano te llama pidiendo ayuda y tienes el descaro de llevarte al tipo que lo golpeó y dejar a tu propio hermano botado en la comisaría!
—¿Con quién hablo? —respondió Nanette con gélida indiferencia.
Al día siguiente.
Nanette acudió a su cita en el hospital.
Los resultados fueron maravillosamente buenos.
El médico le confirmó que todos los indicadores eran normales, que el bebé se desarrollaba a la perfección y que estaba sano y fuerte.
El problema de desnutrición que tenía al principio había desaparecido por completo.
Le agradeció en el alma a Melba por cuidarla y alimentarla tan bien.
Y también a Noel, que constantemente mandaba a Isaac a dejarle frutas y vegetales orgánicos de primerísima calidad.
—Oye, Yolanda, ¿esa de ahí no es esa cualquiera?
Yolanda se había sentido mal en los últimos días y Dina la había acompañado a hacerse unos análisis.
Yolanda giró la vista hacia donde señalaba Dina.
En efecto, era Nanette.
—¿Qué hace en el Departamento de Obstetricia?
Como era joven e inexperta, Dina no ató cabos de inmediato, pero su boca soltaba veneno con naturalidad.
—Seguro se anduvo revolcando por ahí, se pegó alguna enfermedad y vino a buscar una cura.

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