Galileo se quedó helado.
¿Tan pronto?
Pero no protestó.
En ese momento, no estaba en posición de oponerse.
A esas alturas, ya no había vuelta atrás. O más bien, nunca había podido desafiar las órdenes de su abuela.
Luis tampoco se esperaba esa propuesta, y tardó unos segundos en asimilarlo.
—¿El 15 del próximo mes? ¿No es muy pronto? Hay mucho que organizar para una boda.
—De eso ni te preocupes —respondió Anatolia—. Contrataré a la mejor organizadora de eventos del país. De las compras se encargará Ivón personalmente. Tú no tienes que hacer nada, solo prepárate para subir al altar, tomar la mano de Yolanda y entregársela a Galileo.
Esa demostración de compromiso ablandó a Luis Camoso.
—Galileo, te perdono hoy por respeto a tu abuela. Pero si algo así vuelve a suceder, no seré tan indulgente.
Galileo esbozó una sonrisa forzada.
—Entendido, suegro.
—¿Eh? ¿Cómo me tienes que llamar? —preguntó Luis.
Galileo apretó los dientes.
—Papá.
Luis asintió, satisfecho.
—Ve. Yolanda está arriba. Sube y convéncela.
Al ver que Galileo subía, Yolanda corrió de vuelta a su habitación.
En realidad, había salido apenas lo escuchó llegar y se había escondido para espiar la conversación.
La angustia que sentía se esfumó por completo cuando escuchó que la boda se adelantaba.
Aun así, recordó las instrucciones que le había dado su padre.
Luis le había dicho: "Por más que ames a Galileo, no lo busques. Si él viene a pedirte perdón, finge estar indignada y no le hagas caso de inmediato. No le des a entender que con dos palabritas te compra, porque lo va a repetir.
Por eso, cuando Galileo entró, Yolanda ni lo miró.
Tenía razón, no podía ceder ante los hombres o se aprovecharían.
Lo amaba y quería estar con él para siempre.
Yolanda hizo un mohín.
—¿Quién tramaría algo así?
—Alguien que quiere separarnos.
Yolanda se mordió el labio, se le aguaron los ojos y se le fue encima para abrazarlo.
—Te creo, Gali. Sé que no harías nada para lastimarme. Fue culpa mía por imaginar cosas raras.
Galileo la abrazó, mientras una sombra imperceptible cruzaba por su rostro.
«Vaya que es fácil manipularla».
Pero, ¿quién había enviado esa foto?
¿Sería verdad lo que había dicho Nanette, que la propia Yolanda lo orquestó todo?
Dejándose llevar por la emoción, Yolanda fue la primera en buscar sus labios.
Esta vez, Galileo no la rechazó y tomó el control.
Si con un poco de piel y silencio podía apagar el incendio, no le importaba hacerlo. Poco después, ambos terminaron en la cama.

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