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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 373

Pero al final, Nanette no obtuvo la respuesta que tanto ansiaba escuchar.

—La verdad, no estoy muy segura de quién fue exactamente —dijo la profesora Eva—. En aquel entonces, me sorprendió mucho la cantidad del premio y eso de que pudieras irte al extranjero con todo pagado; me parecía demasiado bueno para ser cierto. Así que el director, para disipar mis dudas, me contó la verdad. Pero me advirtió muchísimas veces que solo yo debía saberlo y que por ningún motivo debía decírtelo.

Nanette sintió un poco de alivio.

Menos mal, al menos había una pista que seguir.

—Pero el director de aquel entonces ya se jubiló —añadió la profesora—. Si quieres saber quién fue, tendrás que buscarlo y preguntarle directamente.

Nanette se apresuró a preguntar, llena de urgencia.

—Profesora Eva, ¿tiene el número de contacto del antiguo director?

—Lo tenía. Estaba guardado en la memoria de mi teléfono, no en la tarjeta SIM, y cuando perdí el celular hace tiempo, perdí un montón de contactos con él.

Una profunda decepción invadió el pecho de Nanette.

Al notar su reacción, la profesora se apresuró a añadir:

—Pero puedo preguntarles a otros colegas, tal vez ellos lo tengan.

Nanette se sintió profundamente agradecida.

—Gracias, profesora Eva, de verdad lamento causarle tantas molestias.

—Decirte todo esto me quita un gran peso de encima —confesó la profesora—. Guardar este secreto por tantos años ha sido una verdadera tortura. Cada vez que mencionabas el tema, casi no podía contenerme para no soltar la verdad. No te angusties, en cuanto lo consiga, te avisaré de inmediato.

***

En cuanto Silvio obtuvo los documentos, llamó de inmediato a Galileo Godoy.

Al escuchar la información, Galileo se quedó en absoluto silencio durante un largo rato.

Finalmente, con el rostro endurecido, dio una orden tajante:

—Ve a la oficina.

Tenía que ver esos documentos con sus propios ojos.

De lo contrario, ¡jamás lo creería!

Yolanda Camoso lo llamó varias veces, pero Galileo no reaccionaba. No le quedó de otra que acercarse y tomarlo del brazo.

—Gali, te estoy hablando.

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