Pero al final, Nanette no obtuvo la respuesta que tanto ansiaba escuchar.
—La verdad, no estoy muy segura de quién fue exactamente —dijo la profesora Eva—. En aquel entonces, me sorprendió mucho la cantidad del premio y eso de que pudieras irte al extranjero con todo pagado; me parecía demasiado bueno para ser cierto. Así que el director, para disipar mis dudas, me contó la verdad. Pero me advirtió muchísimas veces que solo yo debía saberlo y que por ningún motivo debía decírtelo.
Nanette sintió un poco de alivio.
Menos mal, al menos había una pista que seguir.
—Pero el director de aquel entonces ya se jubiló —añadió la profesora—. Si quieres saber quién fue, tendrás que buscarlo y preguntarle directamente.
Nanette se apresuró a preguntar, llena de urgencia.
—Profesora Eva, ¿tiene el número de contacto del antiguo director?
—Lo tenía. Estaba guardado en la memoria de mi teléfono, no en la tarjeta SIM, y cuando perdí el celular hace tiempo, perdí un montón de contactos con él.
Una profunda decepción invadió el pecho de Nanette.
Al notar su reacción, la profesora se apresuró a añadir:
—Pero puedo preguntarles a otros colegas, tal vez ellos lo tengan.
Nanette se sintió profundamente agradecida.
—Gracias, profesora Eva, de verdad lamento causarle tantas molestias.
—Decirte todo esto me quita un gran peso de encima —confesó la profesora—. Guardar este secreto por tantos años ha sido una verdadera tortura. Cada vez que mencionabas el tema, casi no podía contenerme para no soltar la verdad. No te angusties, en cuanto lo consiga, te avisaré de inmediato.
***
En cuanto Silvio obtuvo los documentos, llamó de inmediato a Galileo Godoy.
Al escuchar la información, Galileo se quedó en absoluto silencio durante un largo rato.
Finalmente, con el rostro endurecido, dio una orden tajante:
—Ve a la oficina.
Tenía que ver esos documentos con sus propios ojos.
De lo contrario, ¡jamás lo creería!
Yolanda Camoso lo llamó varias veces, pero Galileo no reaccionaba. No le quedó de otra que acercarse y tomarlo del brazo.
—Gali, te estoy hablando.
A la empleada le brillaron los ojos y no pudo ocultar su enorme sonrisa.
—Señorita Camoso, su esposo es tan bueno con usted, y además es guapísimo. ¡Cuántas mujeres no se morirían de la envidia!
Yolanda casi quería darle una propina a la empleada. Esas palabras eran música para sus oídos.
La empleada, experta en leer a la gente, no tardó en soltar un par de halagos más.
—Con un esposo tan guapo y tan exitoso, va a tener que cuidarlo muy bien. Aunque ya estén casados, las otras mujeres no van a dejar de echarle el ojo.
Al escuchar eso, Yolanda corrió a colgarse del brazo de Galileo de forma empalagosa.
—Yo confío plenamente en mi esposo.
Pero Galileo tenía la mente llena con lo que acababa de escuchar por teléfono; estaba de muy mal humor. Necesitaba desquitar su furia con alguien. Y los comentarios de la empleada fueron la excusa perfecta.
—Si vas a hablar, habla de lo que te importa; si no sabes qué decir, ¡cierra la boca y lárgate de aquí!
Tanto Yolanda como la empleada se quedaron de piedra.
Segundos después, la empleada salió corriendo con los ojos llorosos.

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