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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 372

Nanette notó la incomodidad en el rostro de su mentora.

—Profesora Eva, ¿qué pasa?

—El asunto es este —la profesora se acomodó los anteojos, dudando bastante antes de hablar—. No debería decírtelo, después de todo le hice una promesa a alguien, pero no puedo seguir cargando con un agradecimiento que no me corresponde todos estos años. Quiero decirte la verdad. Ese dinero del premio... no salió de la universidad.

Nanette se quedó pasmada.

—¿No salió de la universidad?

¿Entonces de dónde había salido?

—Ese dinero lo patrocinó alguien más, solo te lo entregaron a nombre de la universidad.

¿Alguien más lo patrocinó?

Los pensamientos de Nanette divagaron por un buen rato.

—Profesora Eva, no me estará haciendo una broma, ¿verdad?

Pero la expresión de la profesora era muy seria, no parecía estar bromeando en absoluto.

—Hoy te cuento la verdad rompiendo la promesa que hice en su momento —continuó la profesora Eva—. Pero si no te lo decía, mi conciencia no me dejaría en paz. Esa buena obra claramente no la hice yo, y tú siempre me lo has agradecido.

Nanette tomó las manos de la profesora.

—Profesora, aunque así sea, siempre recordaré lo buena que fue conmigo. Si en aquel entonces no hubiera contado con su apoyo y su aliento, probablemente habría vivido sumida en la depresión. Fue usted quien me ayudó a salir de la oscuridad, quien me enseñó que solo volviéndome fuerte podría enfrentarlo todo.

Fue gracias al asunto del premio que Nanette comenzó a pensar en emprender.

Más adelante, cuando se reencontró con Venancio Lenso, ambos congeniaron de inmediato y comenzaron su camino en los negocios.

Y mucho tiempo después, conoció a Galileo Godoy.

Una mujer que siempre había carecido de seguridad quizá anhelaba el amor y el calor de un hogar mucho más que cualquier otra persona.

Por eso, estar al lado de Galileo representaba para Nanette ese hogar que tanto deseaba.

Al final, le tomó tres años comprobar con total claridad que el hogar que Galileo le había dado era, en realidad, una trampa mortal.

Se había librado de la trampa del hijo del político... solo para saltar por voluntad propia a la trampa de Galileo Godoy.

Al pensarlo, a Nanette le ardía la culpa: ella misma se había metido en esa boca del lobo.

Aquel tipo se había propuesto conquistarla a como diera lugar; todos los días se aparecía con su auto elegante y un ramo de flores enormes, bloqueando la salida para esperarla.

Así estuvo durante varios días consecutivos. Nanette ni siquiera se atrevía a salir del campus.

Sin embargo, ocurrió algo muy extraño: unos días después, el tipo desapareció de repente. No volvió a asomarse por la universidad.

En ese momento, Nanette pensó que seguro había encontrado un nuevo objetivo y ya no quería perder su tiempo con ella. Fuera como fuese, aquel enorme problema se había resuelto.

—Aquel hombre que te acosaba dejó de venir a la universidad gracias a que esa misma persona intervino —reveló la profesora.

Nanette se quedó muda por un largo rato.

Un detalle tras otro, un evento tras otro... todo había sido orquestado por la misma persona desde las sombras.

¿Quién era?

¿Y por qué se había esforzado tanto en ayudarla sin pedir nada a cambio?

Nanette le dio mil vueltas al asunto, pero solo un nombre vino a su mente.

—Profesora, ¿fue mi compañero Venancio Lenso?

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