Media hora más tarde, Gael volvió a escribirle.
[¿Todavía sientes algo por tu exesposo?]
Nanette no entendía por qué Gael le preguntaba algo así de repente, pero aun así le respondió.
[¿Tú qué crees?]
Gael: [Entendido.]
Después de eso, no hubo más mensajes.
Nanette se quedó pensando.
¿Entendido? ¿Qué había entendido?
Hasta que recibió otro mensaje de Gael.
[Problema resuelto.]
Intrigada, Nanette le preguntó:
[¿Cómo lo resolviste?]
Gael: [Llamé a la policía y les dije que un sujeto me estaba acosando. Llegaron y se lo llevaron.]
De golpe se le quitó el nudo del pecho y se le escapó una carcajada. Esa actitud directa de Gael le caía bastante bien.
Los golpes de la vida lo habían vuelto un hombre un tanto frío y desconfiado, pero ese tipo de personalidad también tenía sus ventajas.
Al menos para resolver problemas, no andaba con rodeos.
***
Tras recibir un sermón por parte de los oficiales, dejaron libre a Galileo.
Se fue directo a un bar y bebió hasta altas horas de la madrugada.
Cuando Irene Mera recibió la llamada, corrió al bar a recogerlo.
Lo llevó hasta su casa y lo acostó en su propia cama.
Galileo estaba ebrio, pero al mismo tiempo parecía estar completamente lúcido.
Con un movimiento seco, Galileo la empujó hacia la cama. No le dijo nada ni la buscó con ternura: fue directo, áspero, como si lo único que quisiera fuera desquitarse.
No había ni rastro de amor, únicamente una furiosa necesidad de desahogo.
Como si quisiera borrarlo todo a fuerza de piel, sin importarle el daño que dejaba. Dolor.
Eso era lo único que sentía Irene.
Pero sabía muy bien que Galileo también sentía dolor.
Solo que a él lo que le dolía era el alma.
Después del encuentro...
Galileo se apartó del cuerpo de Irene y se levantó desnudo para entrar al baño.
Cuando salió, Irene estaba medio sentada en la cama, fumando un cigarrillo.
Tenía un semblante totalmente inexpresivo; era imposible saber si estaba triste o tranquila.

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