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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 378

Media hora más tarde, Gael volvió a escribirle.

[¿Todavía sientes algo por tu exesposo?]

Nanette no entendía por qué Gael le preguntaba algo así de repente, pero aun así le respondió.

[¿Tú qué crees?]

Gael: [Entendido.]

Después de eso, no hubo más mensajes.

Nanette se quedó pensando.

¿Entendido? ¿Qué había entendido?

Hasta que recibió otro mensaje de Gael.

[Problema resuelto.]

Intrigada, Nanette le preguntó:

[¿Cómo lo resolviste?]

Gael: [Llamé a la policía y les dije que un sujeto me estaba acosando. Llegaron y se lo llevaron.]

De golpe se le quitó el nudo del pecho y se le escapó una carcajada. Esa actitud directa de Gael le caía bastante bien.

Los golpes de la vida lo habían vuelto un hombre un tanto frío y desconfiado, pero ese tipo de personalidad también tenía sus ventajas.

Al menos para resolver problemas, no andaba con rodeos.

***

Tras recibir un sermón por parte de los oficiales, dejaron libre a Galileo.

Se fue directo a un bar y bebió hasta altas horas de la madrugada.

Cuando Irene Mera recibió la llamada, corrió al bar a recogerlo.

Lo llevó hasta su casa y lo acostó en su propia cama.

Galileo estaba ebrio, pero al mismo tiempo parecía estar completamente lúcido.

Con un movimiento seco, Galileo la empujó hacia la cama. No le dijo nada ni la buscó con ternura: fue directo, áspero, como si lo único que quisiera fuera desquitarse.

No había ni rastro de amor, únicamente una furiosa necesidad de desahogo.

Como si quisiera borrarlo todo a fuerza de piel, sin importarle el daño que dejaba. Dolor.

Eso era lo único que sentía Irene.

Pero sabía muy bien que Galileo también sentía dolor.

Solo que a él lo que le dolía era el alma.

Después del encuentro...

Galileo se apartó del cuerpo de Irene y se levantó desnudo para entrar al baño.

Cuando salió, Irene estaba medio sentada en la cama, fumando un cigarrillo.

Tenía un semblante totalmente inexpresivo; era imposible saber si estaba triste o tranquila.

Los ojos de Galileo estaban inyectados en sangre. Por lo visto, tampoco había dormido nada bien la noche anterior.

Sus palabras salieron cargadas de resentimiento.

—¡Esa mujer me ha estado mintiendo todo este tiempo!

—¿La señora Yolanda? —preguntó Irene.

Al escuchar aquel nombre, la mirada de Galileo se ensombreció de inmediato.

—No la llames así. Hace mucho tiempo que dejó de serlo.

Irene bajó la mirada para observar sus dedos.

Ese mismo día, mientras acomodaba cosas en la floristería, se había roto la uña del dedo anular por accidente.

Le había dolido tanto que se le salieron las lágrimas.

En ese preciso instante, sintió un impulso enorme de llamar a Galileo.

Con que le diera una simple palabra de consuelo, ella se habría dado por bien servida.

Pero al final, no se atrevió a hacer la llamada.

Rogar tantito cariño era más humillante que no recibir nada; era mentirse a sí misma. Y la prueba estaba en que, a pesar de que acababan de hacer el amor, él ni siquiera había notado su uña rota.

Irene se tragó lo que de verdad sentía y le regaló una sonrisa suave, de esas que no piden nada.

—¿En qué te mintió la señorita Larco?

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