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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 379

Galileo sacudió la ceniza de su cigarrillo, con una mirada gélida.

—Siempre pensé que ella no era más que una cara bonita, un simple adorno...

Irene sonrió con suavidad.

—Desde la primera vez que la vi, supe que no era solo un adorno.

Más allá de su deslumbrante belleza, lo que verdaderamente cautivaba de Nanette era su mirada; unos ojos que parecían capaces de desentrañar los secretos del alma.

Profundos, inteligentes, con una presencia discreta pero imponente.

Una chispa de molestia brilló en los ojos de Galileo.

—¿Me estás llamando ciego?

Irene no se amedrentó.

—No fueron tus ojos los que fallaron, fue tu corazón. Siempre estuviste a la defensiva con ella, nunca le abriste tu corazón. Era obvio que jamás ibas a poder ver quién era realmente.

Aquel hombre, siempre tan soberbio y altivo, rara vez daba su brazo a torcer.

—Tienes razón.

—Si ahora puedes verla con claridad, es porque finalmente le has abierto tu corazón.

Por eso ahora quería entenderla.

Por eso ahora le importaba.

Qué lástima que...

Hay personas que, cuando al fin abres los ojos y descubres su valor, ya han dado media vuelta y se han marchado, convirtiéndose en un adiós para siempre.

Galileo no quiso seguir profundizando en el tema. Tras un silencio tenso de casi dos minutos, finalmente despegó los labios.

—¿Tú hay algo que me estés ocultando?

Irene se tensó, y su semblante se volvió sumamente incómodo.

Como Galileo no la estaba mirando, no se percató del destello de tristeza que cruzó por su rostro.

—Sí.

Recién entonces Galileo giró la cabeza para mirarla, con evidente molestia en su voz.

—¿Tú también?

Irene simplemente esbozó una pequeña sonrisa. Una sonrisa teñida de amargura.

—Todo el mundo tiene sus propios secretos.

Secretos que solo uno mismo puede cargar. Secretos que nadie quiere, y para los que nadie tiene el valor, de compartir con los demás.

Galileo le levantó el mentón con los dedos.

—No me gusta que me ocultes cosas. Si lo haces, ¿qué te diferencia de las demás?

Las demás...

La sonrisa de Irene se desvaneció lentamente.

—¿Tú crees que me estoy haciendo viejo? Siento que mi cuerpo ya no rinde como antes.

Isaac, que tenía la boca llena de manzana, intentó masticar rápido y pasar el bocado. Por poco y se atraganta por el apuro.

—¡Pero qué dice, jefe! Usted tiene más aguante que cualquier muchacho de dieciocho. ¡Con ese físico y esos abdominales marcados, ya quisiera yo estar así!

Noel se limitó a soltar un suspiro ahogado.

Isaac se arrimó un poco más a él.

—Jefe, no es que su cuerpo ya no rinda, es que está cansado del alma.

Noel no respondió.

Como era de esperarse, la persona que pasaba todo el día pegada a él era la que mejor lo conocía.

—Jefe, ¿está pensando en la señorita Larco?

Esta vez, Isaac no lo dijo en tono de broma, sino con total seriedad.

¿Pensaba en ella?

Era cierto que la imagen de aquella hermosa mujer acababa de cruzar por su mente.

Pero rápidamente volvió a poner los pies en la tierra y cambió de tema.

—¿Qué hay de nuevo con Luis Camoso? ¿Algún movimiento extraño?

Justo cuando Isaac abría la boca para responder, sonó su teléfono.

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