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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 382

Incluyendo las vidas humanas.

—Eres una mujer lista —dijo Luis—. Sé realista. Mientras tengas dinero, podrás vivir como una reina.

Nanette lo miró con media sonrisa.

—No me interesa disfrutar de tu dinero. Me daría asco ensuciarme las manos con algo de dudosa procedencia, manchado con la sangre de almas inocentes.

¡Pum!

Luis dio un fuerte manotazo en la mesa.

—¡No seas malagradecida!

Su aspecto era bastante aterrador.

Pero Nanette ni se inmutó; seguía tan tranquila como antes.

Al parecer, ese era el límite de Luis Camoso: se dejaba provocar con demasiada facilidad.

—Señor Camoso —dijo Nanette, regresando al punto, con la mirada dura—. Será mejor que no se meta con mi hijo. Porque si algo le llega a pasar, le juro por lo más sagrado que no descansaré hasta destruirlo.

»Así que, lo mejor es que cada quien siga por su lado y no nos crucemos.

»No tiene por qué preocuparse de que use a este bebé para volver a enredarme con Galileo Godoy. Ese nombre ya no significa absolutamente nada para mí.

La mirada de Luis, que de pronto se volvió sombría, se clavó en el rostro de ella sin un ápice de amabilidad.

—¿Por qué tendría que creerte? ¿Cómo me demuestras que dices la verdad?

—Si me cree o no, es su problema. No tengo por qué demostrarle nada.

El agua del vaso ya había perdido su tibieza.

Nanette lo empujó a un lado.

—Dígame la verdad, ¿le preocupa su hija y que mi bebé afecte su matrimonio, o...?

»¿O le aterra que en el futuro este niño reclame la herencia de la familia Godoy?

El rostro de Luis se retorció por un instante.

—No te quieras pasar de lista conmigo.

Nanette sonrió con suavidad.

—Usted sabe mejor que nadie si me estoy pasando de lista o no.

El primer pájaro: obligarla a abortar.

El segundo: meter a Dina a la cárcel.

—Si eso pasara, Galileo Godoy quedaría como el único heredero de su familia. ¿Y luego, qué planea hacer?

Luis se quedó paralizado.

Incluso alguien que solía mantener la compostura como él, entró en pánico en ese momento.

Esa mirada, demasiado lúcida, lo tenía medido; como si le leyera las intenciones antes de que abriera la boca.

¡Aterrador! Era verdaderamente aterrador.

Por primera vez en su vida, Luis sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Cuando Nanette pronunció sus últimas palabras, a él se le resbaló la taza de las manos y cayó sobre la mesa.

El agua se derramó.

Nanette lo miró con una superioridad absoluta, casi como una reina viendo a un plebeyo.

—¿De verdad creyó que al asesinar a Martino Godoy todos sus problemas se habían resuelto?

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