Solo había dos personas en la sala privada.
Aun así, Luis echó un vistazo nervioso a su alrededor.
Tras quedarse atónito durante decenas de segundos, soltó, presa del pánico:
—¡Qué estupideces estás diciendo!
Nanette levantó la taza caída y usó una servilleta para limpiar lentamente el agua derramada.
A simple vista, parecía una mujer frágil, pero su aura era tan imponente que dominaba por completo el lugar.
—Olvidé presentarme como es debido, señor Camoso.
Las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa cargada de desdén.
—Me gradué en Ingeniería en Sistemas en la USL. Fui yo quien destruyó aquella infame red de explotación infantil hace unos años.
Luis se quedó mudo por un largo rato.
Aunque no sabía nada de computadoras, estaba al tanto de lo que le había pasado a esa red.
Él mismo solía visitarla.
En aquel sitio había una gran cantidad de menores de edad expuestos en transmisiones explícitas sin ningún tipo de censura.
Tiempo después, un experto informático derribó el sitio sin dejar rastro y los dueños terminaron tras las rejas.
La identidad de aquel experto seguía siendo un misterio.
¿Podía ser esa mujer?
Luis se negaba a creerlo.
Sin embargo, eso no era lo más importante; lo crucial era otra cosa.
—¿A dónde quieres llegar? —preguntó.
Nanette respondió con total serenidad.
—A lo que voy es a esto: si tumbar ese sitio fue pan comido, imagínese lo fácil que sería meterme a sus sistemas, señor Camoso.
Luis intuyó a lo que se refería y el corazón le dio un vuelco, pero fingió indiferencia.
—No vengas a fanfarronear. Si fueras tan brillante, ¿por qué habrías soportado tres años de humillaciones al lado de Galileo Godoy?
Ese golpe dio justo en el clavo.
—¿Crees que la policía le creerá a tus disparates? Pensarán que estás loca.
Sin inmutarse, Nanette sacó unos papeles de su bolso y los arrojó frente a él.
—Por lo visto, no dará su brazo a torcer hasta que no tenga el agua al cuello.
En blanco y negro, estaba todo clarísimo.
Nadie sabía mejor que Luis lo que esos datos y textos representaban.
—Si sigue sin creerme, puedo llevar esto a la policía en este mismo instante. Ellos se encargarán de confirmarle si son reales o no.
Luis ya no aguantó más.
—¿Qué es lo que quieres?
Nanette sonrió levemente.
—Lo que yo quiera depende de lo que usted pretenda hacer. Si no me hubiera acorralado intentando dañar a mi hijo, jamás me habría tomado la molestia de reunir esta información.
El rostro de Luis se oscureció de forma aterradora.

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