Volver a ver a Luis Camoso le generaba a Nanette Larco un profundo sentimiento de asco.
Hasta el día de hoy, no había olvidado la bofetada de la última vez.
Sin embargo, no quería reflejar sus emociones en el rostro.
Al ver la taza de té verde que Luis le ofreció, Nanette apenas le dedicó una mirada fría.
—Solo tomo agua natural.
Luis no se molestó. Presionó el botón de servicio.
El mesero entró rápidamente.
—Tráigale a la señorita un vaso de agua natural, por favor —ordenó Luis.
El mesero asintió y se retiró.
Luis tomó un sorbo de su té.
—Casi lo olvido, estás embarazada.
Nanette sonrió con ligereza.
—¿Cómo ibas a olvidarlo? Si me buscaste hoy, es precisamente por mi embarazo.
Al decir esto, Nanette en realidad no estaba del todo segura.
Pero atando cabos, pensó que Luis era quien tenía más probabilidades de haber investigado su estado en el hospital.
Después de todo, Yolanda Camoso la había visto en el Departamento de Obstetricia y, sin lugar a dudas, se lo habría contado a ese padre suyo que se especializaba en despejarle el camino de obstáculos.
El tono de Luis era distante y calculador. Aunque intentó suavizar la voz, seguía siendo muy desagradable de escuchar.
—Tengo que admitir que, en el fondo, eres bastante lista.
El mesero regresó con el agua y un pequeño plato de nueces.
Nanette sostuvo el vaso entre sus manos, pero no bebió.
—Mejor seamos directos. No hay necesidad de darle tantas vueltas al asunto.
La mirada de Luis se endureció. Pero, muy a su pesar, tuvo que reconocerlo.
El simple hecho de que esa mujer se atreviera a ir sola ya demostraba que tenía muchas agallas.
Desde que entró, su actitud hacia él se había mantenido serena y relajada; algo que no cualquier mujer lograba.
La mayoría de las personas se sentían intimidadas al verlo.
Luis fue directo al grano.
—Quiero que abortes a ese bebé.
La pequeña pieza de cerámica parecía estar a punto de hacerse añicos.
—¿Acaso no tienes miedo...?
—¿Miedo de qué? —lo interrumpió Nanette sin piedad—. ¿De no salir viva de aquí? ¿O de ofenderte y no volver a tener paz en la vida?
»Ay, por favor. Eres demasiado arrogante y me subestimas demasiado.
»Si vine, es porque sé que saldré sana y salva. Ni mi vida ni la de mi bebé están bajo tu control.
—¡Nanette Larco!
La furia de Luis estuvo a punto de estallar, pero tras evaluar la situación, logró contenerse.
—Dime una cifra. ¿Cuánto quieres?
Nanette soltó una carcajada irónica.
—Realmente te pareces mucho a Anatolia. Con razón son consuegros.
Hasta el tono de voz era idéntico.
Ambos igual de prepotentes, creyéndose los dueños del mundo.
Con esa ridícula convicción de que el dinero lo solucionaba todo.

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