Xavier dictó la sentencia final.
—Háganlo.
Alcira rompió a llorar a mares, se puso de pie a tropezones y echó a correr como loca hacia la salida.
Pero los matones la alcanzaron en menos de un segundo y la inmovilizaron contra el suelo.
Irene volteó a ver a Nanette de nuevo.
Nanette también la miraba.
En ese fugaz intercambio de miradas, el corazón de Nanette se ablandó.
Estiró la mano y tiró suavemente de la ropa de Noel.
Noel giró la cabeza para verla y le dedicó una sonrisa cargada de ternura.
Era una sonrisa cálida, pero al mismo tiempo, desbordaba poder.
Un poder capaz de solucionarlo todo con un solo chasquido.
—Xavi, ya déjalo. ¿Te parece?
Xavier no lo pensó ni un milisegundo.
—Suéltenla.
Los matones soltaron a Alcira.
Ella se dejó caer de nuevo de rodillas y se humilló completamente contra el piso.
—¡Gracias, jefe, muchas gracias!
Y tras repetir sus súplicas, salió corriendo a toda velocidad.
Temiendo que el dueño del club pudiera cambiar de parecer.
Nanette se quedó con la boca abierta.
¿Así de fácil? ¿La había dejado ir sin más?
Creía que a Noel le iba a costar un poco más de trabajo convencerlo.
Irene se acercó a Nanette.
Y le hizo una profunda reverencia.
—Gracias.
Nanette esbozó una leve sonrisa.
Pudo haberse quedado de brazos cruzados.
Pero si había cedido, no fue por las súplicas de Irene, sino porque recordó las veces en que ella misma se había visto acorralada y desesperada.
Porque sabía que a veces, una sola mano amiga bastaba para cambiar el curso de una vida.
Nanette no pudo evitar posar sus ojos en Noel.
Él ya la había salvado más de una vez...
—¿Crees que podamos hablar un momento a solas? —le preguntó Irene.
Nanette se levantó de la silla.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó