Yolanda esperaba ansiosa en el auto. Al ver salir a Galileo, abrió la puerta de inmediato y corrió hacia él llena de alegría.
Solo al acercarse notó a Nanette, que caminaba rezagada. Un destello de profundo resentimiento cruzó por su mirada.
—Nanette, ¿estás bien? —preguntó.
Nanette la ignoró por completo y se dirigió a Galileo.
—¿Quién llamó a la policía?
—Yo no fui —respondió Galileo.
A él también le encantaría saber quién se había tomado semejante atrevimiento.
Nanette miró a Yolanda de reojo.
«Nada mal».
«Ha mejorado».
«Ya aprendió a fingir que está tranquila».
—¿Quiénes sabían lo de mi secuestro? —le preguntó Nanette a Galileo.
—Yo, Silvio, Yolanda y, por lo visto, también Noel y los suyos...
A Galileo le resultaba extrañísimo.
¿Cómo se había enterado Noel?
Él no había dicho ni una sola palabra al respecto.
Nanette estaba completamente segura.
—El señor Cortés y su gente no llamarían a la policía. Si tampoco fueron Silvio ni tú, entonces, Galileo, ¿quién crees que fue?
La primera reacción de Galileo no fue pensar en Yolanda, sino...
—¿Por qué estás tan segura de que no fue Noel?
—Si digo que no fue él, es porque no fue él —afirmó Nanette.
Galileo sintió una opresión en el pecho por la molestia.
—Parece que confías mucho en él.
—Así es.
La opresión en el pecho de Galileo empeoró.
—¿Por qué confías tanto en él?
—Porque se lo ha ganado.
Galileo se quedó mudo de la rabia.
Pero era extraño.
Por muy furioso que estuviera, era incapaz de descargar su ira contra ella.
Especialmente al ver la herida en el cuello de Nanette; la rabia se desvanecía por completo.
En su lugar, sentía una punzada de dolor.
—Primero vayamos a curarte esa herida.
Una vez que la atendieran, tenía muchas preguntas para ella.
¿Embarazada?
¿Desde cuándo?

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