—Aunque sabe perfectamente que Noel está loco por ti, a él no le importa. Sigue tratándote como a una reina. ¿Qué diferencia hay entre él y un vulgar Arrastrado?
El corazón de Nanette dio un vuelco y su respiración se volvió agitada.
¿Esta era verdaderamente su mejor amiga?
—¿Qué pasa? ¿Te quedaste muda? ¿Di en el clavo? Eres una...
Sus crueles insultos fueron interrumpidos de golpe.
Un vaso de licor helado se estrelló contra el rostro de Camila.
Camila se quedó paralizada, y por un instante su mente pareció despejarse.
—Nanette...
El hombre que había estado coqueteando con Camila intentó calmar las aguas.
—Señoritas, por favor, tranquilícense. Son amigas, no hay por qué pelear. Venga, siéntese, le invitaré una copa.
Nanette lo fulminó con una mirada gélida.
—¡No me toques!
El hombre retiró la mano, esbozando una sonrisa cínica.
—Vaya, qué carácter, señorita. Me ha asustado.
Nanette lo ignoró y se dirigió a Camila.
—¿Ya estás más lúcida? Si no es así, aquí hay más licor. Puedo ayudarte a despertar de una buena vez.
El otro hombre tomó una servilleta y empezó a secarle la cara a Camila.
Ella le apartó la mano de un manotazo.
—¡Déjame en paz!
Ofendido, el hombre se dio media vuelta y se marchó. No estaba para aguantar esos tratos.
Pero el hombre que quedaba aún intentaba apaciguar el ambiente.
—Señorita, no sea tan agresiva. Podemos hablar civilizadamente. Mire cómo dejó a nuestra pobre amiga Camila.
A Nanette ya le estaba irritando la situación.
—¿Te vas a morir si no hablas con esa voz chillona? ¿Acaso te faltan pantalones?
El hombre montó en cólera de inmediato.
—¡A quién le dices que le faltan pantalones! Pareces una dama educada, pero tienes la boca llena de veneno.
Nanette le respondió tajante:
—Si no te gusta, lárgate.
—¡Ah, pues ahora no me voy! ¡A ver qué me vas a hacer!
Nanette no quiso seguir perdiendo el tiempo con él.
—Te lo preguntaré por última vez. ¿Vienes conmigo o no?

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