Aunque el hombre no sabía quién era Galileo Godoy, pudo sentir de forma instintiva que este sujeto estaba dispuesto a matarlo. Las piernas le temblaron de terror.
Era muy valiente para intimidar mujeres, pero ante un hombre de verdad resultó ser un cobarde.
Comenzó a suplicar clemencia sin parar.
Irene se acercó a Galileo y le dijo en voz baja:
—Suéltalo, no vayas a cometer una locura.
Galileo aflojó su agarre.
El hombre salió huyendo despavorido, tropezando con sus propios pies.
Galileo le lanzó una mirada fulminante a Camila.
—¿Esta es tu gran amiga?
Había un profundo sarcasmo en sus palabras.
Nanette simplemente murmuró con frialdad:
—Gracias.
Irene intervino:
—Galileo, por favor, ayúdanos a subirla al auto. La señorita Larco vino a buscarla; solo podrá estar tranquila si la lleva a casa.
Evidentemente, Galileo no quería ensuciarse las manos con eso.
Al no tener otra opción, Irene le dio una buena propina a uno de los meseros para que subiera a Camila al vehículo.
Cuando Nanette iba a subir al auto, Galileo la tomó del brazo y tiró de ella.
—¡Tengo algo que preguntarte!
Parecía seguir furioso.
Nanette soltó un suspiro.
—Estoy agotada. Si tienes algo que decir, déjalo para otro día, ¿sí?
—No. Me lo vas a decir ahora mismo.
—Galileo, ¿puedes dejar de hacer un escándalo? Estuvimos casados tres años y nos la pasamos peleando. ¿No te parece suficiente? Ya estamos divorciados, ¡así que déjame en paz y dame un poco de tranquilidad!
Nanette era consciente de que sonaba malagradecida hablándole así, sobre todo considerando que Galileo acababa de ayudarla.
Pero el enojo y la frustración que llevaba por dentro necesitaban salir de alguna manera.
Sorprendentemente, Galileo no estalló de furia, sino que preguntó:
—¿Por qué me lo ocultaste?
Nanette no entendió a qué se refería.
—¿Ocultarte qué?
—La última vez te pregunté si estabas embarazada y dijiste que no. ¿A qué juegas ahora?
Nanette se quedó helada.
¿Acaso había escuchado lo que gritó Camila?
Qué más daba.
Tarde o temprano todos se enterarían.
—Sí, estoy embarazada.

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