Con suma cortesía, Galileo le abrió la puerta del copiloto.
Nanette se subió. El aire acondicionado estaba a la temperatura perfecta, lo que le devolvió un poco de calor al cuerpo.
Pero su corazón seguía siendo un témpano de hielo; nada podría volver a calentarlo.
Apenas cerró la puerta, Galileo preguntó:
—¿Se te antoja algo? Puedo ir a comprarlo.
—No es necesario. Ve directo al grano.
Galileo guardó silencio por unos segundos.
—Supongo que ya sabes a qué vine.
—Ya te lo dejé muy claro —replicó Nanette—. Este hijo no es tuyo.
La voz de Galileo sonó inusualmente suave.
—¿Vas a seguir mintiéndome?
Nanette tuvo un mal presentimiento al instante.
—Ya investigué todo —continuó él—. Fui al hospital. Sé que usaste mi esperma para hacerte una inseminación artificial. El hijo que esperas es mío.
Nanette se sobresaltó por dentro, pero recuperó la compostura rápidamente.
Al parecer, la investigación de Galileo no había sido muy exhaustiva.
Solo descubrió que ella había solicitado usar su esperma.
Pero no había descubierto que él padecía de problemas de fertilidad y que la calidad de su esperma no era suficiente para lograr un embarazo.
Y, lo más importante, no sabía que el esperma que realmente habían utilizado era el de Noel Cortés.
La situación era ciertamente extraña.
De pronto, su teléfono sonó.
Nanette miró la pantalla, bajó el volumen al mínimo y contestó.

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