—El Presidente Godoy y yo nos divorciamos hace tiempo.
—¿Se divorciaron? ¿En serio?
—Es verdad. Ya estamos divorciados —confirmó Galileo.
El hombre pareció lamentarlo sinceramente.
—Qué pena. Hacían una pareja perfecta, ¿por qué se separaron?
Galileo miró fijamente a Nanette.
—Fui un imbécil y la dejé ir.
Nanette frunció el ceño ligeramente, pero estando en público, no podía darse el lujo de contestarle como se merecía.
Pensó que ahí terminaría la conversación, pero el comentario solo avivó la curiosidad del hombre.
—Con lo hermosa y talentosa que es la Srta. Larco, es un crimen que no la haya sabido valorar, Presidente Godoy. Cometió un error garrafal.
—Así es, fue un error enorme. Por eso estoy intentando enmendarlo.
—¿Ah, sí? ¿Eso significa que el Presidente Godoy quiere volver a casarse con ella?
—Exacto. Esa es mi intención.
—¡Pues claro que tienen que volver! Si alguien más le roba a una mujer tan excepcional, se va a arrepentir toda la vida.
—Tiene toda la razón. Me esforzaré para recuperarla.
Nanette mantuvo la vista fija en su plato, fingiendo sordera.
No le importaba si Galileo lo decía por quedar bien frente a los demás o si lo decía en serio. Lo único que deseaba era que alguien le tapara la boca.
—Srta. Larco. —El hombre volvió a dirigir su atención hacia ella—. Ya escuchó la sinceridad del Presidente Godoy. Creo que usted también debería decir algo al respecto.
Una avalancha de maldiciones cruzó por la mente de Nanette.
Empezaba a sospechar seriamente que Galileo y ese hombre se habían puesto de acuerdo para acorralarla.
El Director Quintín intervino con total naturalidad.
—Mauricio, por favor, esos son asuntos personales. No nos metamos. Si se separaron, sus razones tendrían. Cuando un ciclo se cierra, se cierra, y forzar las cosas nunca trae nada bueno.
Mauricio captó la indirecta y, con mucha prudencia, cambió de tema.
El incómodo momento por fin pasó.
Galileo se inclinó un poco hacia ella y le susurró al oído:
—Lo que dije hace un momento lo decía en serio.
Nanette le lanzó una mirada de desdén.
—¿Dijiste algo? Porque no escuché nada.

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