La cena, por fin, había llegado a su fin.
Los oídos de Nanette Larco también podían descansar en paz.
Quintín llamó a Galileo.
—Presidente Godoy, nuestro Mauricio se pasó de copas. ¿Le molestaría llevarlo a su casa?
Galileo miró a Nanette antes de responder.
—Claro.
Era evidente que no le hacía ninguna gracia.
Una vez que Galileo se fue, Nanette soltó un suspiro de puro alivio.
Sabía perfectamente que Quintín había hecho que Galileo se fuera primero a propósito.
Todo para evitar que siguiera acosándola.
—Gracias, padrino —dijo Nanette, cambiando a su tono habitual de cariño ahora que no había nadie más.
—Por lo que escuché de Galileo hoy —comentó Quintín—, no parecía estar fingiendo. De verdad tiene la intención de volver a casarse contigo. ¿Qué piensas?
Nanette sonrió levemente.
—Padrino, no creerás que soy tan tonta como para tropezar dos veces con la misma piedra, ¿verdad?
—Me parece perfecto —asintió Quintín—. Si ya te equivocaste una vez, no repitas el error. Hay muchos hombres buenos en el mundo, y ese tal Godoy no es uno de ellos.
Un análisis muy acertado.
Nanette se aferró del brazo de Quintín.
—Lo sé, padrino. No te preocupes, tu ahijada no es ninguna tonta.
—Es que me preocupa que aún sientas algo por él. Si empieza a rogarte e insistir, temo que tu corazón se ablande y...
—¡Para nada! Ya no siento absolutamente nada por Galileo. Además, estoy emba...
Habló tan rápido que casi se le escapa la verdad. Por suerte, logró contenerse a tiempo.
Quintín, sin embargo, terminó la frase por ella.
—Estás embobada por alguien más. Tienes a alguien que te gusta, ¿verdad?
Nanette hizo un leve puchero.
—Claro que no...
—Es Noel, ¿cierto?
Nanette se quedó paralizada un par de segundos.
—No, ¿cómo crees...?
Quintín estuvo a punto de decir algo más, pero lo pensó mejor y se guardó las palabras.
En fin.
Que hicieran lo que quisieran.
Hasta no llegar al final del camino, nadie sabe si un amor es una bendición o una condena.
Nanette acompañó a Quintín hasta su coche.
—Conduce con cuidado —le pidió Quintín—. No vayas rápido. Mándame un mensaje cuando llegues a casa para saber que estás bien.
—Lo haré. Adiós, padrino. Ten cuidado en el camino.

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