Para estar seguros, el médico recomendó dejarlo en observación una noche.
Ivón se aferró al brazo de Galileo, visiblemente incómoda.
—Galileo, te lo dije. Tenemos que irnos de ese lugar lo más pronto posible. Escuché por ahí que los bebés pueden ver fantasmas y cosas que nosotros no vemos. Seguro Mateo vio algún espíritu en la casa.
Galileo jamás había creído en supersticiones, y esos comentarios le fastidiaban sobremanera.
—¿Podrías dejar tus ideas paranoicas? ¿No ves que ya tengo suficientes problemas?
—No lo eches en saco roto, esas cosas son muy reales —insistió Ivón.
—Si tanto te molesta, ¿por qué no te regresas a vivir adonde estábamos antes? —replicó Galileo, harto de escucharla quejarse todo el día.
Ivón se alteró.
—Ahí es donde vivía la vie... Digo, no pienso ir ahí. Mejor me voy contigo a la casa de la zona sur.
Galileo se alejó para tramitar el ingreso hospitalario del bebé.
De regreso, al pasar frente a la farmacia del hospital, vio una figura conocida y se detuvo en seco.
Pensó que se había equivocado, así que se acercó con dudas.
No fue hasta que la figura se dio la vuelta y cruzaron miradas que Galileo se convenció de que era ella.
—¿Qué haces aquí? ¿Te sientes mal?
Nanette rodó los ojos internamente.
El mundo era un pañuelo.
Sin decir una palabra de saludo, Galileo le arrebató la receta de las manos.
Al ver el nombre, leyó:
«Sabina Prieto».
Ese nombre le resultaba muy familiar.
Le tomó un momento a Galileo recordar de quién se trataba.
—¿La esposa del director Quintín?
Nanette le arrebató el papel.
—Sí.
—¿Está enferma?
—Tiene gripe y fiebre.
Nanette no estaba mintiendo.
Sabina realmente estaba volando en fiebre, casi al punto de desmayarse.
Quintín estaba en una reunión importante y no iba a poder regresar a tiempo.
Por eso, Sabina no tuvo más remedio que llamar a Nanette.

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