A la mañana siguiente.
Nanette despertó de un sueño profundo.
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que durmió tan bien?
Durante los días sin noticias de su esposo, el insomnio había sido su compañero constante. Y cuando lograba conciliar el sueño, las pesadillas la despertaban de golpe.
Unos suaves golpes en la puerta la devolvieron a la realidad.
Ayer no había regresado a La Mansión Cortés; se había quedado en la casa de los Vidal.
Oh, no.
Era su propia casa.
Su padre le había dejado muy claro que debía recordar siempre que, a partir de ahora, ese lugar era su hogar.
Un hogar con una familia de verdad.
Al escuchar que Nanette estaba despierta, Daniela de Vidal entró.
—Nanette, hora de levantarse.
Nanette se estiró y se sentó a medias en la cama.
—Buenos días, Daniela.
Daniela abrió las cortinas y empujó ligeramente la ventana.
—Hace un clima hermoso, hay que ventilar un poco.
Luego recogió la ropa que Nanette había dejado sobre el sofá y la acomodó.
—Tenía planeado llevarte hoy al centro comercial para comprarte algo de ropa, pero como viene tu suegro de visita, tendremos que dejarlo para otro día.
Nanette observó su silueta y, por un segundo, sintió como si estuviera viendo a la madre que nunca tuvo.
—¿Don Joaquín viene hoy?
—¡Sí! Llamó a primera hora diciendo que vendría a hacernos una visita.
Como la familia Vidal acababa de mudarse a San Lirio, era una cuestión de protocolo y cortesía que Joaquín Cortés fuera a saludarlos.
Daniela notó que Nanette seguía un poco adormilada y no pudo evitar sonreír.
—¿No dormiste bien anoche?
—Todo lo contrario. Hacía muchísimo tiempo que no dormía tan bien.
—Temíamos que el cambio de ambiente no te dejara descansar. Tu papá incluso vino a revisarte a medianoche.
Nanette se sorprendió.
—¿Vino a verme?
—Así es. Se despertó de la nada diciendo que tal vez estarías dando vueltas en la cama por la falta de costumbre, y vino a asomarse.
—Dijo que, si no podías dormir, al menos podía hacerte compañía y platicar.

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