—¡Ahí está King! ¿Nos sentamos con ellos?
Nanette se negó en rotundo.
—No.
Los tres se instalaron en una mesa bastante alejada de donde estaba Noel.
Isaac mordisqueaba su tenedor.
—Jefe, ¿qué pasó con ustedes dos ahora?
Noel continuaba comiendo su almuerzo con exquisita lentitud y modales impecables.
—¿Por qué usas la palabra "ahora"?
Isaac lo miró con curiosidad.
—Porque tengo la ligera impresión de que últimamente se pelean muy seguido.
—¿Muy seguido?
—Sí, la verdad que sí.
—Pues tu impresión es completamente errónea.
—Si me equivoco, ¿entonces por qué hoy no me pediste que llamara a la Diosa para bajar a comer? Y mírala, a pesar de que nos vio aquí, no se acercó y prefirió sentarse del otro lado del comedor.
Noel levantó la vista y le dirigió una mirada gélida.
—Come.
Mientras tanto, en la otra mesa.
Gael comió un par de bocados y de repente sus ojos brillaron con picardía.
—Iris.
Ella levantó la vista.
—¿Qué pasa?
—Hagamos una apuesta.
—¿Una apuesta?
—Sí.
—¿Sobre qué?
Gael levantó la barbilla en dirección a Noel.
—Sobre King.
—¿Sobre el jefe? ¿Apostar qué?
—Apostemos a que, en menos de tres minutos, él va a venir hasta nuestra mesa.
Iris lo consideró por un segundo.
—Lo dudo mucho.
—¿Entonces apuestas a que no vendrá? Yo digo que sí.
Luego, Gael volteó a ver a Nanette.
—¿Y tú, a qué le vas?
Nanette le dedicó una mirada fulminante.
—Solo cómete tu comida.
Iris, curiosa, preguntó:
—¿Y cuál es el premio para el ganador?
Gael lo pensó un instante.
—Si pierdes, me tendrás que comprar el desayuno durante un mes.
Iris frunció el ceño.
—¿Y si pierdes tú?
—Yo nunca pierdo.
Antes de que Iris pudiera replicar, Nanette soltó un grito repentino.

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