Nanette no pudo evitar que se le escapara una sonrisa.
—Seguro que también te portaste como un descarado con él.
—Puede que contigo funcione el descaro, pero con mi cuñado las tácticas no sirven. Ya lo conoces, no cede ante nada, ni a las buenas ni a las malas.
A la única que no podía resistirse era a su hermana.
Noel no sabía si alegrarse o no de que de repente hubiera aparecido otro hombre dispuesto a malcriar a su esposa a esos niveles.
Noel pasó un brazo por detrás de ella y la abrazó con delicadeza.
—No vine a pedirte que me perdones. Solo que, cuando Melba se fue, yo no estaba, así que yo también quería ir a honrar su memoria.
***
El avión despegó, atravesó las densas nubes y alcanzó miles de pies de altura.
A través de la ventanilla se podía ver un inmenso mar de nubes blancas y un cielo azul inmaculado.
Era una de las pocas veces que lograban escapar del caos de San Lirio.
Una azafata trajo un bocadillo y casi despierta a Nanette.
Noel se llevó un dedo a los labios, indicándole que hiciera silencio.
La azafata sonrió, asintió y dejó las cosas con muchísimo cuidado.
Al retirarse, no pudo evitar mirar a la joven dormida con cierta envidia.
Era evidente que ese hombre adoraba profundamente a su esposa.
Nanette volvió a despertarse sobresaltada.
Eso ya se había vuelto su día a día.
Solo aquella noche en Bahía del Remanso había logrado dormir bien.
Había llegado a pensar que su insomnio había mejorado.
Pero las pesadillas volvían al ataque.
—¿Te despertaste?
La voz profunda y ronca de Noel resonó cerca de su oreja.
Seguido de eso, él le depositó un beso muy tierno en la mejilla.
Nanette se acomodó en el asiento, se frotó los ojos somnolientos y luego lo tocó suavemente en la cara.
—¿Quién te dio permiso para besarme?
—Tienes razón, no lo volveré a hacer, solo cuando me des permiso —dijo Noel con voz melosa.
Luego, sacó una enorme bolsa.
—¿Qué se te antoja?
Nanette miró dentro.

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