El día antes de partir hacia Valle de Soria, Nanette fue de visita a la Mansión Cortés.
Tina estaba en el colegio.
Noel había ido a la empresa.
En la casa solo se encontraban Joaquín Cortés y el pequeño Aarón.
Aarón ya había empezado a dar sus primeros pasos.
Joaquín lo sostenía de las manitas y jugaban en la sala.
Nanette llegó sin previo aviso.
Joaquín se quedó sorprendido.
—¡Nanette! ¿Qué sorpresa, cómo es que viniste?
Nanette le entregó un paquete a una de las empleadas.
—Suegro, la señora Daniela preparó este licor frutal medicinal. Tiene muy poco alcohol y es bueno para la salud, puede tomar una copita al día.
—Desde que me prohibiste beber alcohol, ya ni recuerdo su olor. Esto me viene de maravilla. Agradécele a Daniela de mi parte.
—No regresaré a la casa de mi padre hoy. Solo vine a verlos a Aarón y a usted, luego me iré a Valle de Soria.
Joaquín se quedó perplejo.
Valle de Soria era el pueblo de Melba. Esa pobre niña extrañaba a la anciana.
—¿Irás sola o te acompaña alguien?
—Fabián irá conmigo.
Al escuchar eso, Joaquín respiró aliviado.
—Me parece perfecto. Podrán ir platicando en el camino, así no te aburres.
Nanette tomó a Aarón en brazos y le dio un montón de besos.
—Suegro...
—¿Qué pasa?
Nanette frotó su mejilla contra los regordetes cachetes del bebé.
—Le agradezco de corazón que cuide a mis niños.
—Pero si los cuida la niñera. Yo solo juego con ellos un rato, no es ningún trabajo pesado.
—De hecho, gracias a ellos la casa tiene más vida.
Nanette volvió a poner a Aarón en el suelo.
—Iré a hacer mis maletas.
Joaquín quiso decirle algo, pero al final se tragó sus palabras.

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