—¿Por qué no llamaste antes de venir? —preguntó Venancio Lenso.
Venancio notó la tristeza oculta en su mirada y sintió una punzada en el corazón.
Antes de que ella llegara, Noel ya lo había llamado para advertirle.
Parecía estar actuando con total normalidad.
Y tal vez eso era lo más aterrador.
Cuanto más serena es la superficie, más peligroso y destructivo puede ser el huracán interior.
—¿Tu herida te dejará alguna secuela? —inquirió Nanette.
Venancio soltó una carcajada despreocupada.
—Ya le he hecho esa misma pregunta al doctor un millón de veces. Me aseguró que no. Así que puedes estar tranquila.
El peso en el pecho de Nanette se alivió un poco.
—Me alegra oír eso.
Él aún era muy joven, sería terrible que se quedara con secuelas permanentes.
Al verla perdida en sus pensamientos, Venancio sintió una extraña ansiedad.
—Nanette...
Ella volvió en sí.
—¿Sí?
—¿Te pasa algo? ¿Estás preocupada por algo?
Nanette apretó los labios.
—No, para nada.
—¿No tienes nada que quieras decirme?
Nanette lo pensó por un momento.
—Solo vine a verte. Saber que estás bien me deja más tranquila.
Venancio percibió la pesada tensión en el aire.
—Noel me dijo...
—Venancio —lo interrumpió Nanette con una sonrisa carente de emoción—. Mejor no hablemos de él, hablemos de otra cosa.
Venancio esbozó una leve sonrisa.
—De acuerdo, ¿de qué quieres hablar?
Nanette echó un vistazo hacia la cocina.
—Trátala bien. Es una chica maravillosa. Cuando te fuiste a Puerto Alba, se quedó a tu lado sin importarle el peligro. Muy pocas harían algo así.
Los ojos de Venancio se suavizaron con ternura.
—Lo sé.
Nanette intentó aligerar el ambiente.
—¿De verdad aprendió a cocinar?
A Venancio se le torció la sonrisa de manera involuntaria.
—Pronto lo descubrirás.
***
Nanette miró los tres platillos y la sopa sobre la mesa con evidente asombro.

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