Nanette tomó los cubiertos de Noel.
—¿Qué se te antoja?
Él apretó los labios. Sus ojos profundos parecían un abismo insondable, profundos como la noche misma.
—Gracias.
¿Gracias?
Nanette se quedó helada.
—Puedo hacerlo solo.
No fue la única en sorprenderse. Todos en la mesa se quedaron pasmados, observando la escena.
El ambiente se volvió tan denso que parecía que alguien había pausado una película.
Y en medio de ese silencio sepulcral, resonó su voz, fría y distante:
—No quiero que la gente piense cosas que no son.
El mensaje detrás de esas palabras fue claro para todos.
Sabina, tratando de salvar el orgullo de Nanette, decidió reprender a Noel.
—Noel, por el amor de Dios, ¿qué mosca te picó? Nanette solo quería ser amable contigo.
La voz de él seguía desprovista de cualquier atisbo de calidez.
—No necesito su amabilidad. Si no tengo la mano derecha, uso la izquierda. No voy a usar un simple rasguño para dar lástima a nadie.
—¡Muchacho! —insistió Sabina—. Lo hacemos porque te queremos. ¿Qué tontería es esa de dar lástima? Noel, ¿se puede saber qué te pasa?
Gael abrió la boca para intervenir, pero Noel lo frenó en seco con una sola mirada fulminante.
—De ahora en adelante, les pido que dejen de hacer bromas sobre la vicepresidenta Larco y yo. Así evitaremos malentendidos.
¿Malentendidos?
¿Vicepresidenta Larco?
¡Ja!
Una punzada dolorosa atravesó el corazón de Nanette.
Qué ironía...
Qué complejo era todo esto.
¿Acaso no era exactamente lo que ella quería?
Mantener distancia, tratarse como simples conocidos, sin sentimientos, sin romance, en una relación netamente laboral.
¿No era esa su voluntad?
Entonces, ¿por qué le dolía tanto conseguirlo?
¡Por qué sentía que se le desgarraba el alma!

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