Desde el pasillo estalló una estruendosa carcajada.
Segundos después, Quintín entró a la habitación sin dejar de reír.
—Te lo dije. ¿Acaso olvidaste quién es nuestra ahijada? ¡Es la Diosa de la Programación, un genio! ¿De verdad creías que podíamos engañarla con un truco tan barato? Ay, Sabina... y ese Noel, a veces puede llegar a ser tan infantil.
Sabina sonrió, avergonzada al verse descubierta.
Pero poco a poco, su expresión se volvió seria. Tomó las manos de Nanette y la miró a los ojos con profunda ternura.
—No culpes a Noel, y tampoco te enojes con nosotros, mi niña. Si hicimos todo este teatro fue porque nos aterraba la idea de que te fueras de San Lirio. Aquí, al menos, tienes un hogar seguro, nos tienes a nosotros para cuidarte y acompañarte. Si te vas a una ciudad extraña, ¿qué vas a hacer sola?
»¿Acaso planeas cuidar a Tina y criar a un bebé recién nacido tú sola en un lugar donde no conoces a nadie? Y ni hablar de Melba, que ya está en edad de jubilarse. ¿Te parece justo arrastrarla a ese trajín?
Nanette apoyó la cabeza en el hombro de Sabina, sintiendo cómo el corazón se le llenaba de una cálida sensación de pertenencia.
—Lo entiendo, madrina. La verdad es que tampoco quiero alejarme de ustedes. Les prometo que me quedaré a su lado.
Esa confesión fue el alivio que Sabina tanto necesitaba.
—Así me gusta, mi niña.
—Aunque... —Nanette esbozó una sonrisa diabólica—. El hecho de que se hayan aliado con cierta persona para engañarme es una cuenta que pienso cobrar muy pronto.
¡Qué descaro!
La habían hecho llorar amargamente. Menos mal que, al calmarse y analizar la situación con la cabeza fría, notó las incongruencias.
Su madrina era una mujer de naturaleza dulce, jamás le habría hablado con tanta dureza.
Y Melba, mucho menos.
¿Quién podría tener el poder de hacer que todos actuaran en su contra?
Solo existía un "culpable" capaz de orquestar algo así.
...
Cuando Noel recibió la llamada, estaba en medio de una reunión importante con unos clientes.
Joaquín Cortés lo estaba presionando cada vez más para que asumiera el control total de los negocios familiares, y él no tenía más remedio que acatar.
—Señora Sabina, ¿qué sucede?
La voz al otro lado sonaba angustiada.
—Nanette descubrió nuestro engaño.
Noel se quedó paralizado por una fracción de segundo.

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