Sabina fingió apresurarse hacia su habitación.
Fue Quintín quien abrió la puerta.
—¡Padrino! —saludó Nanette, levantando una bolsa con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Mira qué cosas ricas les traje! ¡Las empanadas calientitas que preparó Melba!
Quintín la ayudó a recibir la bolsa.
—Todos saben que las empanadas de Melba son una delicia. Hoy comeremos como reyes.
Los ojos de Nanette buscaron ansiosamente por la sala.
—¿Y mi madrina?
Quintín hizo un esfuerzo titánico por no sonreír.
—Está en su habitación. Hoy no amaneció de muy buen humor.
Nanette se colgó del brazo de Quintín, mirándolo con ojitos suplicantes.
—Padrino, ayer la hice sentir muy mal. ¿Me ayudas a contentarla, por favor?
Quintín frunció el ceño, fingiendo indignación.
—Hablando de eso, yo también estoy molesto. Y no solo molesto, sino dolido. Es evidente que no nos consideras parte de tu familia.
—¡Claro que no! ¡Ustedes son mi familia! ¡Los quiero como si fueran mis propios padres!
—¿Entonces por qué querías irte de San Lirio?
—Solo fue un momento de ofuscación. Hablé sin pensar.
Nunca imaginó que cierta persona la escucharía.
Y no solo la escuchó, sino que corrió a esparcir el chisme por todos lados.
Ahora ella era la villana del cuento.
Quintín suspiró, dándole una palmadita en la mano.
—Tu madrina está en el cuarto. Ve a hablar con ella y trata de consolarla.
—Sí, allá voy.
Nanette tocó suavemente la puerta de la habitación.
No hubo respuesta.
—Madrina, voy a entrar —anunció.
Sabina estaba recostada en la cama. Al verla entrar, se dio la vuelta dramáticamente, dándole la espalda.
Nanette se quitó el abrigo y los zapatos, se subió a la cama a gatas y asomó su rostro frente al de Sabina con su mejor sonrisa conciliadora.
—Madrina, ¿sigues enojada? Te prometo que fue mi culpa.
Sabina se giró hacia el otro lado.
—¿Cómo me atrevería yo a enojarme con la Vicepresidenta Larco?

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