—¿Estás embarazada?
La expresión resignada de Camila se transformó en una mueca de conflicto.
—¡Sí!
Nanette no supo qué responder a esa confesión tan abrupta.
—Pero Venancio no lo sabe —añadió Camila—. Y te pido, por favor, que guardes el secreto.
Nanette guardó silencio un par de segundos, analizando la situación.
—¿Piensas interrumpir el embarazo? ¿Es eso?
Camila fijó la mirada en su propio reflejo en el espejo. Sus ojos se volvieron fríos como el hielo.
—Sí.
Nanette suspiró suavemente.
—El hijo sigue siendo de Venancio. Él tiene derecho a saberlo.
Camila se giró de golpe, mirándola con hostilidad.
—Este bebé fue un error. Nunca debió existir.
—¿Y quién decide qué debe o no existir? —cuestionó Nanette—. ¿Acaso solo te basas en tu propia ira, en lo que a ti te conviene, en lo que tú quieres o dejas de querer?
Camila soltó una risa sarcástica.
—¿Y ahora vienes a darme lecciones de moral?
El golpe devolvió a Nanette a la realidad. No tenía nada más que decir.
—Lo siento. No debí meterme.
Había olvidado que ya no eran las amigas del alma de antes.
Ahora eran poco más que dos desconocidas.
Camila se dio cuenta de que había reaccionado a la defensiva y bajó el tono.
—Perdón, fui demasiado dura.
Nanette no respondió.
—Cuando me enteré de que estaba embarazada, me volví loca. Pensar que este niño existe solo por lo que pasó aquella noche... y ni siquiera estoy lista para ser madre, así que...
Nanette prefirió no seguir escarbando en la herida.
—La decisión final es tuya. La ceremonia está por empezar, deberías terminar de arreglarte. Me voy.
Camila, desesperada, le agarró el brazo.
—Nanette, ¿te vas a quedar a la fiesta?
Nanette se soltó con delicadeza.

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