Los exquisitos arreglos florales y la deslumbrante iluminación transformaban el salón del hotel en un auténtico paraíso de ensueño.
Los invitados no dejaban de llegar, llenando el ambiente con risas, brindis y los mejores deseos para la feliz pareja.
Sin embargo, los únicos que sabían la verdad eran los propios novios: aquella boda de cuento de hadas no era más que una fachada para mantener las apariencias.
Ninguno de los dos la había deseado.
Se miraban como perfectos extraños, pero se veían obligados a fingir frente a la multitud que estaban locamente enamorados.
—¿Regresó Jovita? —preguntó Venancio de pronto, rompiendo el hielo.
—Sí —respondió Nanette con calma—. Lleva ya un tiempo aquí.
—¿Y cómo van las cosas entre Noel y tú...?
—Estamos muy bien. Somos grandes amigos.
Venancio soltó una risita amarga.
—Tú y tu estricto sentido del deber.
—¿Qué tiene de malo ser realista?
—No tiene nada de malo, pero cuando eres demasiado realista, terminas sacrificándote a ti misma.
—No estoy sacrificando nada. Mientras la gente que me importa esté bien, yo soy feliz.
Venancio dejó escapar un suspiro cargado de pesadumbre.
—Puede que tú estés bien con eso, pero hay alguien más que se está muriendo por dentro.
Nanette sintió una punzada en el corazón.
—Él también estará bien.
—¡Ja! —bufó Venancio, sarcástico—. Si estuviera tan "bien", el otro día no se habría pasado horas golpeando el saco de boxeo como un loco furioso. Casi se mata entrenando, y no importó lo que le dijera, no quiso parar. Al final, se quitó los guantes y le metió un puñetazo directo a la pared, casi la atraviesa.
Nanette apretó los puños sin darse cuenta.
Con razón, la última vez que lo vio, tenía las manos vendadas...
La mirada de Venancio se desvió hacia la entrada del majestuoso salón.
Allí venía un hombre impecablemente vestido con un traje de alta costura color café oscuro, destilando poder y elegancia.
A su lado, caminaba una mujer con un vestido largo de corte imperio color champán, desprendiendo un aura delicada y seductora.
La mujer inclinó levemente la cabeza, observando al hombre con una mirada rebosante de devoción y dulzura.
Levantó una mano y, con un gesto tan natural como si lo hubiera hecho mil veces, le acomodó el cuello del saco. Se veían no solo unidos, sino como la imagen misma de un matrimonio perdidamente enamorado.
Venancio se tragó las palabras que estaba a punto de pronunciar y optó por cambiar de tema.
—Hay demasiada gente y mucho ruido aquí. Creo que lo mejor es que te vayas a casa a descansar. Con tu embarazo, no deberías someterte a tanto alboroto.
Nanette pensaba exactamente lo mismo, pero decidió bromear un poco para aligerar la tensión.
—¿Me estás corriendo de tu boda tan pronto?
Venancio se frotó la nariz, respondiendo en un tono que mezclaba la broma con la absoluta verdad:
—Si subo al altar y te veo sentada entre los invitados, soy muy capaz de cancelar la boda ahí mismo.
Nanette forzó una sonrisa.
—Está bien, ya me voy.

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