Nanette no fue a ver a Camila y optó por irse antes de que terminara la celebración.
Temía que, si iba, Camila pensara que solo estaba allí para burlarse de ella.
A esas alturas, la actitud de Camila le resultaba un completo misterio.
No había necesidad de buscarse problemas gratis.
Nanette salió del hotel y se dirigió hacia el estacionamiento para buscar su auto.
De pronto, se dio cuenta de que había una persona acurrucada en una esquina, cerca de la entrada del hotel.
Estaba abrazando sus rodillas, con los hombros sacudiéndose de arriba abajo. Era evidente que estaba llorando a mares.
Nanette se acercó y probó llamarla por su nombre.
—¿Zulema Zúñiga?
La mujer levantó la cabeza de inmediato. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¡Eres tú!
Nanette se cruzó de brazos, con una media sonrisa en el rostro.
—Eras muy arrogante cuando me empujaste hace un rato. ¿Qué haces aquí llorando?
Zulema se frotó la nariz.
—¡Qué te importa!
De repente, pareció reaccionar.
—¡Oye! ¿Cómo sabes mi nombre?
—Lo adiviné —respondió Nanette con calma.
Zulema se la quedó mirando, parpadeando con inocencia.
—¿Y tú quién eres?
Nanette curvó ligeramente los labios.
—Soy amiga del novio.
Zulema se puso de pie de un salto, emocionada.
—¿Eres amiga de mi Venancio?
¿Su Venancio?
Qué forma tan íntima de llamarlo.
Estaba claro que sus sentimientos eran reales.
Lástima que su comportamiento fuera tan infantil.
El rostro de Zulema se ensombreció.
—¿Qué tiene de especial esa mujer? ¿Por qué mi Venancio tiene que casarse con ella? Yo lo amo con todo mi corazón, ¿por qué no quiere casarse conmigo? Viajé sola desde muy lejos a escondidas solo para venir aquí, y él ni siquiera quiso verme.
Nanette no pudo evitar sentir curiosidad.
—¿Cuántos años tienes?
—Veinticuatro.
Veinticuatro...
Qué envidia. Tan joven...
—Vuelve a casa. Es imposible que ustedes terminen juntos.
Zulema abrió los ojos de par en par, indignada.

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