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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 765

No hacía falta ser un genio para saber que había tenido otro de sus ataques de ira.

A pesar del alcohol, Galileo no estaba ebrio; su mente estaba tan afilada como siempre.

Las palabras que Nanette le había escupido en Colinas de Monteverde resonaban en su cráneo como martillazos, volviéndolo loco.

Toda su furia contenida estalló sobre Irene.

—¿Ahora resulta que tú también me vas a faltar al respeto?

Irene se puso en cuclillas y empezó a recoger los cristales rotos, respondiendo con calma:

—Me vine en cuanto me llamaste, pero el tráfico estaba insoportable. Por eso me retrasé un poco.

Galileo se levantó de un salto y la jaló del brazo con violencia.

Un fragmento de vidrio le hizo un corte profundo en el dedo; el dolor punzante le arrancó un gemido.

A él no le importó en lo más mínimo la herida. Solo se fijó en el gesto de dolor de su rostro.

—¿Qué pasa? ¿Ahora te da asco que te toque?

Irene sabía lo que ocurría.

Seguramente Nanette lo había vuelto a rechazar.

—No es eso —murmuró ella, levantando la mano—. Me corté, me duele.

Galileo le agarró el dedo ensangrentado y, para su sorpresa, se lo metió en la boca.

Pero no para detener el sangrado. Le mordió con saña.

Irene apretó los dientes, aguantando el suplicio sin emitir un solo sonido.

Tras saciar su frustración, él la agarró de la nuca, con la mirada tan fría como el hielo.

—¿Sabes qué me dijo?

Tragándose la humillación, Irene respondió:

—No.

—Me dijo que en esta vida, en la próxima, y en todas las que sigan, nunca estará conmigo. ¡Que aunque fuera el último hombre en la tierra, jamás me miraría! —bramó él, con los dientes apretados—. ¡Incluso tuvo el descaro de decir que no estoy a su altura!

—¡Ja! ¡Que no estoy a su altura!

—¿Quién demonios se cree? ¡Soy Galileo Godoy! ¡Tengo más dinero y poder que cualquiera en San Lirio, y se atreve a decir que no soy suficiente para ella!

—¿No te parece un maldito chiste?

Irene levantó la mano y, con firmeza, le apartó los dedos de la nuca.

—No, no me lo parece.

Él se quedó perplejo por la audacia de su respuesta.

—¿Qué dijiste?

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