El Sicario notó la confusión de Galileo.
—¡Ja! ¿Tu exesposa está embarazada de ti y tú no lo sabías?
Galileo tardó un rato en reaccionar. Miró a Nanette con los ojos abiertos de par en par, sin poder creerlo.
—¿Estás... embarazada?
Nanette estaba entre la espada y la pared.
No sabía si negarlo.
O admitirlo.
El Sicario se alteró demasiado.
Arrastró a Nanette aún más cerca del precipicio.
La afilada hoja del cuchillo le hizo un nuevo corte en el cuello.
A Nanette ya no le importaba el dolor.
Lo principal era salvar su vida.
—Yo pagaré el tratamiento de tu hija.
El Sicario detuvo sus movimientos.
—¿Qué dijiste?
—Dije que yo pagaré el tratamiento de tu hija.
—¿Hablas en serio?
—Hablo en serio. Tengo dinero, yo me haré cargo.
—¡No te creo! ¡No te creo! ¡Me estás mintiendo! ¡Nadie en este mundo es bueno!
Nanette trató de no mirar al precipicio que tenía a sus espaldas, esforzándose por mantener la calma.
Ahora que estaba cara a cara con la muerte, no pudo evitar sentir miedo.
—Yo también seré madre muy pronto, así que entiendo cómo te sientes. Piénsalo: si te mantienes vivo, a lo mucho pasarás unos años en la cárcel y luego podrás reencontrarte con tu hija.
—Pero si te mueres ahora, tu hija se quedará completamente sola. Morirá, sin lugar a dudas, y estoy segura de que no quieres eso.
—¿Acaso no haces todo esto para conseguir dinero para su tratamiento? Si yo pago sus gastos médicos y tú aprovechas para rehabilitarte, ¿no crees que es la mejor solución?
Aunque El Sicario era impulsivo, no era un hombre malvado.
En ese instante, la propuesta de Nanette lo hizo dudar.
—Créeme, no te mentiría. Nunca conocí el calor de un hogar, por eso valoro tanto los lazos familiares. No soportaría ver cómo una niña de trece años... simplemente pierde la vida.

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