Por eso Nanette pegó un grito.
—¡No te muevas!
No sabía si se lo decía a El Sicario o a Silvio.
Pero ya era demasiado tarde.
Silvio le asestó una patada mortal a El Sicario, mandándolo a volar.
A sus espaldas, solo estaba el abismo.
Nanette se quedó paralizada, viendo cómo El Sicario caía hacia la oscuridad.
Y entonces escuchó su último grito.
—¡Cumple tu promesa!
Ella sabía que esas palabras eran para ella.
Esa fue la primera vez que Nanette presenció cómo una vida se esfumaba frente a sus propios ojos, pasando de la vida a la muerte.
El pánico la hizo retroceder tropezando un par de pasos.
—¡Nanette!
—¡Nanette!
Dos voces resonaron al unísono.
Era Galileo.
Y también Noel.
¿Noel... también había venido?
Pisó en falso y su cuerpo se ladeó hacia un costado.
A Nanette se le encogió el corazón.
¿En verdad no le quedaba otra opción más que morir ese día?
Sin embargo, casi al instante, una fuerza descomunal la sostuvo por la cintura.
Sin saber cómo ni de dónde, la empujaron hacia otro abrazo.
—¡Joven Amo!
—¡Señor Cortés!
De nuevo, dos voces clamaron al unísono.
Nanette las reconoció.
Una era de Isaac.
La otra era de Camila.
Nanette miró hacia atrás y las piernas le fallaron del susto.
Jamás había sentido un terror tan paralizante.
Noel, con tal de salvar a Nanette, perdió el equilibrio y cayó al vacío.
Por suerte, Isaac logró sujetarlo con todas sus fuerzas.
Por instinto, Nanette quiso correr hacia ellos.
Pero Galileo la detuvo.
—No se va a morir, tranquila.
Fue en ese instante cuando Nanette se dio cuenta de que quien la había atrapado era Galileo.

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