Camila no quería que Noel saliera salpicado en este asunto.
—El señor Cortés ya se está haciendo cargo de todo, y en cuanto a la agresora, don Joaquín ya se encargó de ella.
Se encargó...
El padre de Camila se quedó paralizado y tragó grueso, sin añadir una sola palabra más.
Había escuchado historias sobre el poder y la brutalidad de la familia Cortés.
Apenas la noche anterior, la mitad de las figuras de poder político y empresarial de la ciudad habían acudido a rendirle honores a don Joaquín.
Ese nivel de influencia no era algo con lo que un hombre común pudiera meterse.
Cuando Venancio entró en la habitación, los padres de Camila lo recibieron con miradas cargadas de desprecio.
Al ver la situación, Camila usó el dolor de la herida como excusa y los convenció de marcharse para dejarla descansar.
El rostro de Venancio reflejaba un agotamiento nunca antes visto; sus ojos estaban inyectados en sangre.
Era obvio que no había pegado el ojo en toda la noche.
No se acercó a la cama. Se quedó de pie, a una distancia prudente.
Ya lo había decidido: no volvería a cruzarse en su camino.
Pero había algunas cosas que necesitaba dejar claras antes de irse.
Fue Camila quien rompió el silencio.
—Siento mucho lo del bebé.
Los ojos de Venancio se oscurecieron, cargados de un resentimiento sordo.
—Mejor así. Nunca quisiste tenerlo de todos modos. Ahora que ya no está, se acabó el problema. Y entre nosotros, ya no queda nada que nos ate.
Camila sintió una punzada en el estómago.
—¿A qué te refieres?
Venancio dejó escapar una risa fría y seca.
—Creo que soy yo quien debería preguntarte a qué te refieres.
—Todo pasó muy rápido, solo reaccioné por instinto.
La mirada de Venancio era puro hielo.
—Si en lugar de Noel hubiera sido Nanette... o si hubiera sido yo... ¿te habrías lanzado igual?

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