«En la salud y en la enfermedad, para siempre».
***
Noel tomó de la mano a Nanette y caminó hacia don Remigio Vidal.
—Don Remigio, en cuanto regresemos a San Lirio iré formalmente a pedir la mano de su hija. ¿Me da su bendición?
Don Remigio apenas abrió la boca cuando la tos fingida de doña Daniela lo interrumpió.
Ella le dirigió una mirada significativa.
Don Remigio soltó una carcajada.
—¡Hombre! Armaste tremendo espectáculo y todo el país sabe que te vas a casar con mi hija, ¿y crees que me atrevería a decir que no?
—Gracias, don Remigio.
Nanette se lanzó a los brazos de Remigio.
—¡Papá!
Remigio la abrazó con cariño, sintiendo un nudo en la garganta.
—Menos mal. No llegamos demasiado tarde.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella.
—A que nos reconocimos a tiempo. Al menos podré estar presente en el día más importante de tu vida.
Podría entregar a su hija en el altar a la persona indicada.
El destino había sido muy generoso con él, regalándole a una hija tan maravillosa.
«Julieta, desde el cielo debes estar viéndolo.
Nuestra hija es inmensamente feliz.
Puedes descansar en paz.»
Nanette sorbió por la nariz y se giró para abrazar a doña Daniela.
—Doña Daniela.
—Mi niña, ya no llores más —le dijo Daniela con voz suave—. Mañana amanecerás con los ojos hinchados.
—Gracias, doña Daniela —murmuró Nanette, profundamente agradecida.
«Gracias por tratarme como a tu propia hija.
Gracias por tu generosidad y comprensión.»
Luego, Nanette se acercó a Fabián y lo abrazó.
—Hermano.
Fabián rio entre dientes.
—Cuando me llamaste, casi suelto todo. No suelo decir mentiras en esta vida, y la única vez que lo hago es contigo.
—Que sea la última vez, ¿eh?
—Lo prometo. Nunca más le mentiré a mi hermanita.
Nanette se secó las lágrimas y caminó hacia Sabina Prieto y Quintín.
—Padrino, madrina.
Sabina estaba tan conmovida que no dejaba de llorar.
—Mi preciosa niña, mi preciosa niña...
Quintín le acarició la cabeza.
—Nuestra ahijada tendrá una vida llena de paz y felicidad.
Félix Larco apareció de repente.
—Hermana, ¿te olvidaste de mí?
—¿Mhm? —Nanette lo miró.
Félix hizo un puchero, ofendido.
—A mí no me abrazaste.
Nanette soltó una carcajada y abrió los brazos.
Félix dudó, sin atreverse a creerlo.
—Hermana, esta es la primera vez que me abrazas.
—¿Quieres que te abrace más seguido?
—¡Sí!

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